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Han tenido que pasar 15 largos días para que me viese con fuerza suficiente como para escribir. Y es que todos los años se da la misma cantinela. Los primeros días de enero se dedican de forma indefectible al vestido de marras en las campanadas de Antena 3. He querido esperar a que, como con las olas, la efervescencia del tema volviese a perderse en el mar de la opinión pública. Y quería esperar para poder contaros otra cosa.

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¿Por qué este maniquí, un elemento sin vida, transmite una emoción tan humana como la tristeza? | Foto: Sergio Casal ©

Os voy a confesar que hace más de 500 días una mujer fue asesinada por un hombre. Una mujer de 18 años, con toda su vida por delante, que se cruzó con el producto de una sociedad que no la quería libre. Con una persona que decidió que podía adueñarse de ella. Y punto. En este acto de privación de libertad/vida de un hombre hacia una mujer tendría que acabarse el debate mediático. Para eso está el mundo jurídico. Al final, el resto de variables y sórdidos detalles solo alimentan un morbo que, en gran medida, la sociedad exige a los medios de comunicación y estos entregan gustosos a cambio de ratings de audiencia desmesurados. Y todo unido hace que nos olvidemos del fondo, demasiado obcecados con las formas. Nos convertimos en esclavos de la enfermiza simbiosis medios – público que hace girar al mundo en una rueda deshumanizada demasiado centrada en el cómo, hasta el punto de desechar los por qués. Y así, dejamos crecer las profundas raíces machistas que viven arraigadas en nuestro hoy.

El gran público se olvida de la gravedad de la cuestión en sí, demasiado preocupado por detalles. Y poco a poco, y gracias a nuestra maleable conducta y a las opiniones vertidas por los todólogos de la nada en las grandes cadenas de televisión, el fondo de la cuestión machista queda relativizado y se llega al siguiente nivel. La culpabilización de la víctima de violencia machista sean cuales sean las circunstancias. Me explico.

  • “No se dejó violar. Se resistió. Entonces él la estranguló y la mató” (Caso Diana Quer)
  • “No se resistió. Dejó de luchar. Entonces, ¿dónde está la violación?” (Caso Manada)

Si os suenan estas frases, es porque están presentes en la sociedad. En ellas reposa un denominador común extremadamente preocupante. Un foco de atención sobre causas que no explican la consecuencia. Ese denominador es que haga lo que haga, la responsabilidad es siempre de la víctima de la violencia machista. Por dejarse o no. Tenemos esa incapacidad manifiesta para señalar directamente tanto al violador como a la sociedad que alimenta su estructura mental.

Al final, las conclusiones ante semejante barbarie suelen ser aquellas de que “cómo se le ocurre ir sola a las 2 de la mañana”, que “iba demasiado fresca”, que “si no se resistiese cuando la intentaron violar no la habrían matado” y en definitiva, convencernos de que ella tuvo parte de culpa y que, de no darse ciertos comportamientos / circunstancias / conductas por parte de su persona, hoy seguiría viva. Como si la cosa no fuese con el violador, pues es de esperar su comportamiento animal. Y al final, la culpa es siempre de ellas.

En este sentido, hay que señalar que el asesinato machista es el último escalafón de un iceberg cuya base se hunde en las profundidades del subconsciente colectivo, y en cuyos cimientos descansan comportamientos que acaban burbujeando hacia la superficie en formas que a lo mejor nos pasaban inadvertidas. Así, la próxima vez que vayas a tomar una caña con una amiga (si eres un hombre) o con un amigo (si eres una mujer), pregúntate por qué es al hombre al que le sirven la bebida alcohólica y a la mujer el agua, aunque la petición fuese a la inversa. Pregúntate por qué sucede el 99,9 % de las ocasiones. Si es por azar, o producto de costumbres protocolarias demasiado antiguas… y machistas. Piénsalo.