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Quede claro que en esta reflexión quiero dejar a un lado cualquier atisbo de posicionamiento a favor o en contra de la independencia de Cataluña. Ese debate requiere un marco más amplio, y yo hablaré del pasado domingo. Del domingo y de lo que vendrá ahora. Sólo os pido que os quedéis, leáis, penséis y opinéis. Con la mente abierta y por ese orden. Hoy hablaré simplemente desde el punto de vista comunicativo y de los derechos fundamentales. Y repito, si alguien opina de forma diferente, por favor, que abra el debate brindando argumentos.

Vergüenza. Esa es la primera palabra que me viene a la mente cuando pienso en el espectáculo que vivimos el domingo en Cataluña y, por extensión, en todo el Estado español. En primer lugar, vergüenza por una respuesta que, a pesar del debate suscitado, queda lejos de estar justificada o legitimada dentro de un marco constitucional que se diga democrático. Y es que, por muy ilegal –dentro de ese marco constitucional– que sea un referéndum como el de ayer, ninguna orden judicial puede dar lugar a una actuación policial cuyo balance es de casi 900 heridos. Se trata de proporcionalidad. No se puede responder a personas que salen a la calle únicamente a intentar ejercer su libertad de expresión a través de una papeleta (que diga sí o no, por cierto) en una urna con porrazos y balas de goma (prohibidas en Cataluña desde 2014). Sí, sí, el referéndum fue tumbado por el Tribunal Constitucional, lo sé. Pero, ¿acaso a ti, que alguna vez has hecho botellón en una zona no permitida, has conducido bajo los efectos del alcohol (poniendo en riesgo la seguridad de terceros), has defraudado a Hacienda o simplemente te has saltado un semáforo, te han molido a palos a consecuencia de ello “por ser ilegal”? No, porque en teoría vivimos en un Estado de Derecho en el cual funciona el principio de jerarquía, y de la misma forma que una ley catalana no puede vulnerar la Constitución Española por el principio de supremacía constitucional; una decisión judicial (aunque sea del mismísimo Tribunal Constitucional) no puede vulnerar los Derechos Humanos o la carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, pues esta ha sido ratificada por sus estados miembro –incluido el español– y prima sobre el derecho interno de los mismos.

Una reacción orwelliana de cierto sector de la sociedad

En segundo lugar –si cabe el que más me preocupa– siento vergüenza por la reacción de un sector amplísimo de la sociedad española que, con el argumento del “cumplimiento de la ley” bajo el brazo, es capaz de justificar una actuación que prácticamente el 100 % de los medios internacionales y muchos líderes europeos. También el Alto Comisionado para los Derechos de la propia ONU  ha solicitado ya un informe imparcial que aclare el uso de la violencia durante la jornada del 1 de octubre en Cataluña.

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Aunque no es del todo descabellado observar esta reacción intramuros cuando –y ahora hablo desde el punto de vista de la comunicación política en situaciones de crisis– el discurso oficial planteado por el Gobierno español ha distorsionado la realidad hasta el esperpento. Además de no dar la cara hasta pasadas las ocho de la tarde del día del referéndum, Rajoy ha transmitido un mensaje cuyo único fin es desmarcarse de cualquier responsabilidad, introduciendo en su discurso principios como el del enemigo único o la transposición de la culpabilidad, propios de la propaganda política goebbeliana y fácilmente asumibles por ciudadanos a los cuales no les interesa poner en marcha su juicio crítico.

Después de la comparecencia del 1 de octubre de Rajoy y Sáenz de Santamaría, donde ni siquiera hablaron de los heridos y calificaron la actuación como “proporcional” y “serena”, existen personas que valoran su respuesta como positiva, pues todo fue “en cumplimiento de la ley”. Este manejo tan capcioso y a la vez minuciosamente medido del lenguaje me hace pensar en Orwell y en su obra 1984. En ese momento en el que O’Brien reconoce –mientras ‘reprograma’ a Winston– que la realidad no es más que aquello que el Partido diga que es, pues su éxito no está en la represión irracional y violenta propia del totalitarismo, sino en la sutil manipulación que consiga convencernos de que dos más dos son cinco. Todo ello sin dejar mártires:

“Lo primero que debes comprender es que éste no es un lugar de martirio. Has leído cosas sobre las persecuciones religiosas en el pasado. En la Edad Media había la Inquisición. No funcionó. Pretendían erradicar la herejía y terminaron por perpetuarla. En las persecuciones antiguas por cada hereje quemado han surgido otros miles de ellos. ¿Por qué? Porque se mataba a los enemigos abiertamente y mientras aún no se habían arrepentido. Se moría por no abandonar las creencias heréticas. Naturalmente, así toda la gloria pertenecía a la víctima y la vergüenza al inquisidor que la quemaba. Más tarde, en el siglo XX, han existido los totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los comunistas rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad que ninguna otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer mártires. Antes de llevar a sus víctimas a un juicio público, se dedicaban a destruirles la dignidad. Los deshacían moralmente y físicamente por medio de la tortura y el aislamiento hasta convertirlos en seres despreciables, verdaderos peleles capaces de confesarlo todo, que se insultaban a sí mismos acusándose unos a otros y pedían sollozando un poco de misericordia. Sin embargo, después de unos cuantos años, ha vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en mártires y se ha olvidado su degradación. ¿Por qué había vuelto a suceder esto? En primer lugar, porque las confesiones que habían hecho eran forzadas v falsas. Nosotros no cometemos esta clase de errores. Todas las confesiones que salen de aquí son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas“.

En 1984, si el líder dice que dos y dos son cinco son cinco, y si dice que un evento no ha sucedido, pues este no ha sucedido. El hecho de que nuestro presidente del Gobierno diga abiertamente que “el referéndum no ha existido” o que “hemos sido un ejemplo para el mundo” se adapta perfectamente a la concepción orwelliana de los estados represores.

 

 

Una salida necesaria

A pesar de los mensajes de la Generalitat y teniendo en cuenta las circunstancias en las cuales se han dado los resultados del referéndum, la declaración unilateral de independencia sería uno de los mayores errores que podría cometer el Govern de Puigdemont. Me sitúo ahora en el frame de la estrategia política. En este momento el president Puigdemont cuenta con un activo muy valioso para la negociación y resolución política del conflicto: el componente emocional. La comunidad internacional –que ya ha condenado la respuesta del Gobierno de Rajoy– observa ahora los movimientos de la Generalitat, que tiene la oportunidad de conseguir un hito histórico para el resto del país cimentado desde el apoyo a una moción de censura planteada por las fuerzas de ámbito estatal abiertas al diálogo.

En este sentido, existe esa mayoría de fuerzas políticas en el arco parlamentario español que concuerda en la necesidad de un cambio en el Gobierno central tras la gestión de la crisis catalana. Puigdemont sabe que existen partidos con los cuales poder pactar una reforma constitucional que ampare la realización de un referéndum vinculante. Es por eso que el PSOE debe dejar a un lado la imagen timorata que mostró el domingo y posicionarse a favor de la citada moción de censura. Una herramienta parlamentaria que permitiría iniciar los trámites de una reforma constitucional contando con todo el espectro político. Los partidos de la oposición deben dar un paso al frente para demostrar que el talante y el diálogo todavía son posibles y que a pesar de lo vivido ayer, en este país existe una mayoría que está por la reforma constitucional y el progreso. Porque si algo queda claro tras la gestión de este conflicto, es que Mariano Rajoy no está legitimado para continuar al frente del Gobierno, y debe dimitir.

Un último llamamiento a la cordura

Todos hemos podido ver los golpes, las patadas, los disparos… las personas heridas. Y no tiene sentido negar una realidad tan evidente con el argumento de las excepciones. Es cierto que ha habido padres que han llevado a sus hijos a lugares donde iba a haber conflicto con la policía. Y es detestable y condenable. Y lo condeno. Y es cierto que ha habido gente que ha respondido a los palos y los disparos con piedras. Y hasta puede ser cierto incluso que alguna imagen difundida durante el proceso de sobreinformación y ruido propio de las redes sociales no se ajuste a la realidad. Pudiera ser. Pero los “pudiera ser” no cimientan el relato de lo que sucedió ayer. En absoluto. Lo cierto es que el domingo un pueblo salió a la calle a ejercer su derecho de libre expresión y fue apaleado por el Estado. Los errores de unos cuantos no deslegitiman la respuesta de cientos de miles. De la misma forma que diez padres con sus hijos en medio del caos no convierten a los niños catalanes en “escudos humanos”. Los argumentos tienen que enmarcarse en un contexto, y ese contexto no es otro que el de una reacción policial de corte fascista, impropia de una democracia avanzada.

 

La libertad va de sucesos como éste. De un hombre que va a votar a un referéndum de independencia en Cataluña con su bandera de España. Va de expresarse. No de disparar o golpear.

El sociólogo alemán Max Weber advertía en su obra de 1919 La Política como vocación que: “El Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”. Pues en este caso ha sido el uso de la fuerza física por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado el que ha dejado en evidencia la falta de legitimidad del Gobierno. Y su fracaso ha quedado retratado este domingo en Cataluña. La falta de diálogo y negociación en el marco de la crisis catalana ha abierto una brecha en la sociedad que se extiende por toda la Península. Y ahora el mundo nos observa de cerca, sí, pero no como un ejemplo. Sino como un país que ha hecho el ridículo y ha demostrado que, como sociedad, no estamos tan alejados de aquellos fatídicos años 30.

 

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Portadas de diferentes periódicos internacionales el 2 de octubre de 2017