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Lamentablemente, vivimos en una sociedad en la cual Noah —el niño al que Disney no dejó participar en la experiencia ‘Princesa por un día’ por el único hecho de haber nacido con genitales masculinos , tiene que ser un icono. Un símbolo de lucha por la diversidad y la igualdad. Qué decepción el hecho de que un chiquillo tenga que ser noticia por disfrazarse con el vestido de su personaje favorito de Disney, la Princesa Elsa de Frozen. Parecía que habíamos superado esa fase. Parecía.

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Olaf y Elsa, dos de los protagonistas principales de Frozen

«Suéltaloooo, suéltalo, no lo puedo ya retener». Todas las personas estamos más o menos familiarizadas con esta canción que prácticamente todos los niños de esta país han recitado en alguna ocasión. Pero ni siquiera hace falta tener un pequeño en casa para darse cuenta de que Frozen ha supuesto un auténtico bombazo para esta generación de críos que han puesto en Elsa, Anna y Olaf su etiqueta de “favoritos” de Disney, como en los noventa nos pasó a otros con Aladín, Pocahontas, Hércules, Mulán o Buzz Lightyear. Y es cierto, el ensalzamiento de la monarquía en “El Rey León” o los roles de género de “La princesa Cisne” y “La Bella Durmiente” son bochornosos por evidentes. Y se han transmitido a millones de niños durante años de forma sutil. Pero la industria cultural, como la sociedad, evoluciona. Y ahora los niños y niñas han dejado de querer ser Blancanieves o el Principe Azul para ser Rayo McQueen, Mérida o Vaiana. Por eso la industria cultural infantil es tan importante en tanto que en su mano está ofrecer, a través de sus héroes y heroínas, un modelo a seguir. Lo que querrán ser, en definitiva.

Noah, un niño británico de tres años de edad, es uno de esos miles que aman los personajes de Frozen. Y que en lugar de disfrazarse de Superman o Spiderman, lo hace de Elsa. A partir de esta identificación con esta afamada protagonista de la película, su madre decidió regalarle la experiencia de “Princesa por un día” en EuroDisney. Todo perfecto hasta que la empresa decidió negarle un servicio por el que tendría que pagar por estar este “sólo disponible para niñas”. Y así, por los límites mentales de los adultos, los niños se dan de bruces con una realidad que los etiqueta, clasifica y discrimina únicamente por sus genitales. Noah tuvo que renunciar a sentirse, por un día, como su mayor ídolo.

Es cierto que la empresa ha rectificado y ha reconocido el error, aclarando que «La experiencia está abierta a todos los niños de entre tres y doce años». Disney aclara además: «Nos pusimos en contacto con la familia para disculparnos por haberle dado una información incorrecta». Y también es cierto que ya ha mandado un mensaje a todos sus empleados para recordarles que no hagan distinciones por cuestiones de sexo. Pero como siempre, la rectificación proviene de un error. De uno garrafal. Uno que, como sociedad civilizada de la que presumimos, tendría que sacarnos los colores.

Qué diferente sería el mundo si los adultos conservaran la ilusión y el desparpajo de los niños. Qué contradictorio e irónico el hecho de que madurar sea directamente proporcional a limitar nuestros sueños y ajustarlos a unos patrones sociales tan ridículos como prescindibles. Cuánto mejor sería este planeta si, de vez en cuando, nos tomásemos la licencia de, simplemente, bajar en pijama a comprar el pan o dejásemos que los niños y niñas experimentasen con su infancia tanto como su imaginación les permitiese. Cuánto mejor.