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Realidad virtual

Al parecer resulta conveniente para la supervivencia de cualquier especie no perder la capacidad para distinguir lo real de lo virtual. A fuerza de digerir noticias que requieren de un metabolismo sobredimensionado en su eficacia, los habitantes del Norte más desarrollado en apariencia han perdido la capacidad para asombrarse a través de una suerte de desenchufe emocional, de desensibilización progresiva en la que juega un papel importante la discriminación entre ficción y realidad. No menos importantes en esa aclimatación a noticias hostiles y escenarios lamentables son factores como la distancia geográfica con relación al foco y la sensación de que los esfuerzos individuales y ahora también los colectivos no sirven para cambiar el rumbo de los acontecimientos, trazado por una oligarquía inaccesible.

Ese proceso de insensibilización iniciado por necesidad durante la guerra de Vietnam y reforzado en Afganistán, Irak, Siria además de la ya eterna distancia emocional con relación a las guerras tribales en África, por interés geoestratégico de las potencias y también al respecto del exterminio de las poblaciones indígenas en América Latina, ese proceso de aceptación gradual como realidad inevitable que facilita la amortiguación de la alarma esa contaminando también la relación de los ciudadanos europeos en sus países en situación de crisis prolongada en el tiempo, con problemas enquistados en la vida de muchos conciudadanos en su entorno, en el proceso gradual de desmoronamiento de derechos, valores y principios que se creían inamovibles.

Parte importante de la población a la que la crisis no ha movido apenas de sus marcas vive ahora con la misma sensibilidad las hambrunas del África negra que las caídas en desgracia de sus vecinos, antes colegas en el goce de la vida y ahora objeto del auxilio social.

El entrenamiento auto protector en la insensibilización sistemática, favorecido por la propaganda y sus medios de distracción, ha derivado en una sociedad que identifica las efemérides que recuerdan la lucha de la clase trabajadora como un puente para el dolce far niente. Una sociedad que asimila el valor de la Caridad antes que la necesidad de recuperar la Justicia; una sociedad que sabe de la pobreza extrema como algo ajeno, sucio. Sólo si algún día caen en el desgracia son sobrecogidos por una realidad de la que se habían distanciado y en no pocos casos deciden poner fin a su vida. Es lo que tiene vivir permanentemente en una realidad virtual

 

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