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A lo largo de la Historia pensadores, filósofos, científicos han debatido sobre si el ser humano es bueno o malo; se han estrujado el cerebro intentando saber si es bueno y las circunstancias lo han hecho malo o si nace con maldad y la educación puede hacerlo bueno. Desde posiciones menos dicotómicas se ha apuntado el argumento de hombres y mujeres nacidos con bondad, madurando en la bondad y arrastrados a la maldad por un tercero excepcional, así como también la existencia de hombres malos desde su concepción, en su desarrollo y reconvertidos en seres nobles por el ejemplo de un líder altruista. Los que defienden la tesis de que el hombre tiende a ser más pacífico con la evolución de la civilización argumentan que los ochenta millones de muertos ocasionados por la Segunda Guerra Mundial son una cantidad monstruosa por la índole más destructiva de las armas; sostienen que de contar con ese arsenal imperios del pasado el resultado se acercaría al de un panorama cuasi de extinción total. Tal vez nos falte perspectiva a los ciudadanos de a pie, pero lo cierto es que, aún resistiéndonos a caer en el pesimismo militante, se respira un clima dónde se aceptan como normales expresiones de la naturaleza humana llenas de matices de ruindad, vileza, egoísmo exacerbado, violencia, perversión adoptando diversas formas y siguiendo estrategias acordes con los cambios de formato en escenarios nuevos pero que, en esencia, responden al esmero que el ser humano sigue poniendo en joder al prójimo, al servicio de sus intereses o simplemente siguiendo la máxima de joder por joder. Porque no debemos pasar por alto el hecho de que la mayor riqueza de matices en el proceso de hacer la vida imposible a los demás no es proporcional por necesidad al estado de penuria de medios o a la presencia de escenarios en los que la supervivencia propia se produce por cauces de mayor dificultad. Tocar los huevos, desalojar al prójimo para ocupar su sitio, abusar de posición dominante, agredir para descargar la frustración propia en la víctima, matar para hacer caja en lo material y en lo sentimental…

No ha cambiado sustancialmente el mapa de las emociones en los últimos milenios. La ciencia que estudia la evolución puede certificar esto. Lo que varía es el intento torticero, interesado de querer presentar una nueva categoría de la especie humana cual si nuestra esencia estuviera enmarcada en un catálogo de lo tecnológico, al uso de las diversas versiones, sucesivas, de Ingenios mecánicos. Nuestro ADN nos hace tan singulares como para transitar de la mayor indefensión dentro del reino animal en los primeros estadios a la mayor expresión de crueldad en la “madurez”.

 

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