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En el solemne cementerio de Highgate, al norte de la ciudad de Londres, se erige un curioso sepulcro compuesto por el busto de un emblemático personaje y su epitafio: «Workers of all lands, unite» (algo así como proletarios de todos los países, uníos).

Este fin de semana he estado en Londres. Un viaje muy especial que, para el segundo día por la mañana, me reservaba la visita al cementerio de Highgate y a la tumba de Karl Marx (Tréveris, 5 de mayo de 1818 – Londres, 14 de marzo de 1883). El frescor matinal de una anticipada primavera era fácilmente reconocible en la salida del metro de Archway. El paseo previo por Highgate hill, en una zona residencial de la periferia londinense que se mantiene silenciosa ante la colosal necrópolis que la rodea, ayudaba a crear ese ambiente de inquietante paz de los cementerios. Esa atractiva calma que parece llamar a gritos a quien se aproxima para observar la caída del mármol bajo los puños del tiempo.

Pero como suele pasar con muchas de las experiencias vitales que empiezan a confundirse con lo extraordinario; con lo surrealista y lo fantástico, la contradictoria realidad se plantó frente a mi con toda la fuerza de este estúpido mundo que nos rodea. Y un dilema se estampó en mi mente con la misma velocidad con la que fue resuelto. ¿Pagaría cuatro libras (unos 5 €) por entrar en Highgate? La respuesta es no. Ni lo he hecho, ni -en esas circunstancias- lo haría.

A priori puede parecer una cantidad razonable. El simple café de la mañana me costó 2 £ y el billete de metro otras 2,40 £ (ya suman más que la entrada). Pero el problema en aquel momento, bajo mi humilde punto de vista, no era la cantidad, sino el contexto. Y me explico.

Pagar por visitar los lugares donde reposan los restos de personajes históricos me parece un sinsentido. Pero hacerlo para visitar la tumba del hombre que tiene como epitafio Proletarios de todos los países, uníos; teórico del marxismo, defensor de los derechos de los trabajadores, me parece un reflejo de la absurda contradicción humana. No habría que pagar ni un sólo céntimo (como no lo hay que hacer para visitar el mausoleo de Lenin en Moscú o la tumba de Martin Luther King Jr en Atlanta). Es de justicia decir que me parecería bien tener que pagar una cantidad simbólica (una o como mucho dos libras) si esta fuese destinada al mantenimiento del cementerio, pero no hay más que ver el estado de conservación del mismo para darse cuenta de que alguien está haciendo demasiado negocio con un bien de interés público.

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Estado del cementerio de Highgate (Londres) | Foto: Sergio Casal

Incluso estaría dispuesto a pagar ese desorbitado precio por ver una simple tumba si me asegurasen que estaría pagando el salario de los empleados que mantienen viva la actividad histórica del cementerio. Qué iluso. En el momento en el que estoy prácticamente convencido de que no voy a entrar pero todavía tengo alguna duda, me encuentro con la triste imagen de un tablón de anuncios en el que se solicitan “voluntarios” para mostrar Highgate a los visitantes. Efectivamente: personas que, sin cobrar ni una sola libra, realicen una jornada completa de trabajo empleando su esfuerzo y su formación en mostrar a las visitas la historia del hombre que defendió que la fuerza de trabajo merecía un salario y luchó contra lo que representaba el concepto de plusvalía capitalista. Aquella fue la guinda. El culmen de una vorágine de contradicciones que me impidieron entrar en el cementerio de Highgate.

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El cartel reza algo así como: “Estamos buscando asistentes de visitas voluntarios para el fin de semana. Personas con un buen conocimiento de idiomas y de la historia de Highgate para atender a las visitas y mostrar el patrimonio del cementerio de forma voluntaria”

Al abandonar visiblemente decepcionado el lugar, con las rejas del histórico cementerio a mi izquierda, me pareció que el silencio de Highgate hill se desvanecía entre el crepitar de las ramas y los ruidos quejumbrosos de arbustos que, en su roce con los sepulcros, simulaban movimiento sobrehumano. O a lo mejor era el propio Marx, revolviéndose en su tumba, impotente ante estas burlas hacia su legado.