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Cuando abordé la redacción de “Alcoholismo, la bestia silenciosa” barajé dos posibilidades: o bien realizaba un ensayo bien respaldado por el mundo de la investigación médica sobre los mecanismos de acción química que lo convierten en una droga potente o bien iba directamente al detalle de los efectos de su ingesta abusiva en el organismo, entendiendo por esta aquella medida a partir de la cual no existe ningún rebuscado efecto benéfico y sí afectaciones negativas para la salud. Comoquiera que este segundo enfoque -más atractivo a la hora de impactar lo suficiente en el lector-  iba a ser muy controvertido y vulnerables frente a prejuicios de bebedores, productores, hosteleros sin escrúpulos y fisco, opté por una forma de contar objetiva y objetivable: el relatorio, descarnado y crudo, de dolencias físicas, psíquicas, trastornos en la vida de pareja, familiar, en las relaciones sociales, en el trabajo derivados de los desórdenes orgánicos, pero siempre entendiendo el ser humano como entidad compleja, sí, aunque no por ello observada como un conjunto de compartimentos estancos que no estuvieran profundamente interconectados -error en el que cae la medicina de la especialidades tan a menudo-.

Así a lo largo de las páginas del libro son disparados como un chorro a presión los enunciados de efectos nocivos de una droga cuyos mecanismos de funcionamiento no encierran secretos para la ciencia y desarman el debate interesado de quienes por un motivo u otro necesitan prolongar la consideración benévola acerca de los excesos, aunque sean ocasionales: tal es la evidencia científica sobre las consecuencias reales del consumo abusivo. Lo cual no significa que todas ellas han de concurrir en el bebedor simultáneamente y como regla generalizada. Ni mucho menos. Todos nos movemos en un contexto social en el que se señala al abstemio, en determinadas circunstancias, como un soso, o un amargado, o un mariconzuelo. Contextos en los que el que más “aguanta” bebiendo es el más macho, la que más empina es la más marchosa. Se pone en valor la propuesta de “no cuidarse”, de despreciar los mensajes de alarma de la propia salud y se vitorean los pulsos a ver quien es capaz de libar cantidades mayores o de manera más rápida, o durante más tiempo…

¿Se imagina alguien situaciones en las que se tome a mal que alguien no quiera  compartir la ensalada o una zanahoria o se atribuya bonhomía a quien come y bebe sano? Por contra todos conocemos manifestaciones en torno a la propensión a la alegría de los bebedores sin medida que desbordan histrionismo exultante en público. Algunos, muchos, dejan para la intimidad de su casa la expresión patética de su exceso. Convivimos a diario con la expresión del alcoholismo a través de conductas que tildamos de singularidad pero que no responden sino a la manera en que el alcohol ha sublimado la personalidad. Pero, como hechos consumados, pareciera que cada uno de los bebedores abusivos fueran como parecen ser y se manifiestan a través de sus actos y sus palabras de por vida, respondiendo a un etiquetado inamovible, sin que quepa la posibilidad siquiera de que se planteen en algún momento introducir cambios, entender que otra vida es posible cuando la que llevan, tanto como su perfil, está condicionada por el alcohol. Catalogados en su entorno estrecho, no surgen o se aplazan decisiones que comporten cambios, el enfrentamiento con los miedos construidos durante años de refugio en la bebida, de huidas: miedo a la verdad, sin ambages, al abordaje del reto de ser libre y crecer, de ser afectivo en las distancias cortas, sensible que no lábil, alegre que no escandaloso, detallista, cumplidor, igualitario que no machista, colaborador, altruista, generoso en la ayuda, amigo cuando ya se ha apagado el eco de las canciones de taberna, confidente… matices de riqueza que se pierden en el dibujo basto del histrionismo alcohólico.

Sí, es verdad que los efectos nocivos del alcohol afloran con tantas diferencias cuantos bebedores existen; pero es un lugar común que no se le escapa a los estudiosos la falta de objetividad del alcohólico para cribar -peneirar- lo que hay de inicuo despreciable en su personalidad hasta llegar a quedarse sólo con lo que dentro de él hay de valor y potenciarlo.

En ese viaje, algunos contribuirán a hundir todavía más al alcohólico; otros, a veces una sola persona, un amigo, la pareja le ayudarán; y en algunos casos, la mayoría de las veces con resultados negativos, tendrán que encarar el problema solos. Y digo “encarar el problema” porque identificarlo como tal es el primer paso para el cambio. Y ese es el sentido del libro. Porque no olvidemos que en primera instancia es frecuente que el adicto al alcohol sostenga que puede dejar de beber cuando quiera. Pero hurgamos en su Historia y vemos que desde hace cuarenta años no ha faltado a su cita diaria con la botella. Bien, tal vez sí, cuando lo operaron de una fistula, o de la cadera. Y aun en aquellas circunstancias su mujer le alcanzaba una petaca con Rioja porque la comida de la Residencia no sabe a nada sin la compañía del vino.

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© Alcoholismo, la bestia silenciosa