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Existen dos opciones: O bien los propósitos son fruto de un balance exhaustivo de lo que creemos que debemos cambiar con respecto al año anterior, o más bien (y hacia lo que creo que se inclina el grueso del mundo) no dejan de ser esos deseos que entendemos de difícil alcance y, año tras año, nos establecemos de forma neurótica para tratar de ser felices (?).

Cada vez me desengaño más. No soy persona de propósitos. Sí en cambio de esas que piden deseo mientras engullen la doceava uva. Supongo que no tener grandes metas concretas y sí un deseo ferviente e irracional es un síntoma de falta de confianza en la fuerza de uno mismo. Y exceso en el azar. Será eso.

A pesar de todo, tampoco soy excesivamente supersticioso: No me preocuparía sentarme en el asiento 13 de un avión (si lo hubiese). Suelo blasfemar en momentos extremadamente inoportunos. Padezco de nihilismo existencial crónico. Y me gustan los gatos negros. Y con ojos amarillos. Me pregunto demasiadas veces qué sentido tiene absolutamente nada. En un todo tan extenso que nos hace a los seres tan irrisorios. Nuestra moral. Nuestras costumbres y rituales. Nuestro ego… ¡Dios! ¡Me atrevería a decir que el ego del ser humano es más grande que el infinito en si mismo!

Por eso no tengo propósitos. Tengo ideas. Ideas de lo que voy a hacer. No de lo que me gustaría hacer, de lo que haría si tuviese “x”, o algún otro subterfugio. Sé lo que hago hoy. Lo que he conseguido este 2016. Lo que estoy haciendo ahora. Es la única forma posible de sobrevivir. Y lo que traiga 2017 no será más que el producto de lo que yo creo (verbo crear) cada día. Con cada acción. A cada segundo. El pensamiento puede ayudar a generar esas acciones, pero no las ejecuta.

Soy un pesado. Me hago viejo por momentos a los 24. Mi único propósito lo dejo, pues, para todas las personas de este planeta. Y no es para 2017. Es para cada uno de los días que nos quedan aquí:

Disfrutad de la comida, de la familia, de la salud, de los amigos, de la comida (otra vez), de la música, de una película buena y muchas malas, de lo desconocido, del la luz que captan vuestros ojos, del mar, de tumbarse al aire libre, de sentir el sol en las mejillas a través de la ventana, de una carcajada, de un escalofrío de placer; llenad vuestros corazones de todos esos instantes en los que sois capaces de olvidaros del dolor, de la tristeza, del duelo, de la rabia, del hambre, de la frustración… Del miedo…, y simplemente “sois”. “Ser” es la respuesta a todo. Y a la vez a nada. 

Disfrutad, en definitiva, de cuando el presente gana a la propia existencia.

सो ऽहम्.