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Parece que los medios de comunicación quieren transmitirnos el mensaje de este titular. Y es que en este país tenemos la desesperante manía de centrar nuestros esfuerzos en culpabilizar y fiscalizar el comportamiento de las personas que sufren agresiones. Por si esto fuese poco, nuestra indulgencia con el agresor en los casos de violencia machista es sangrante. Y no educamos para cambiar la situación.

Durante este fin de semana tres mujeres han sido asesinadas -dos de ellas en Galicia-. El caso que más impacto social y mediático ha levantado tal vez sea el de la joven asesinada en Vigo por un compañero de trabajo cuando volvía a su casa tras una cena de empresa. Las reacciones desafortunadas por parte de cuñados y medios de comunicación a partes iguales no se hicieron esperar mucho. Desde que conocí la noticia, he escuchado ya afirmaciones del tipo «Cómo se le ocurre liarse con un hombre con dos hijos» hasta el clásico«no debería ir caminando sola a esas horas por la calle». También han sido publicados artículos “recomendando” a las mujeres cómo vestirse por la noche y qué hacer para “no ser agredidas”. Incluso he leído atónito que la primera interpretación judicial no calificó el asesinato como “machista” por etiquetar al presunto agresor como “conocido” y no ex novio o pareja de la víctima. Demencial. Sí. Pero reflejo de lo que somos: una sociedad donde el machismo ha sido normalizado. Vamos por partes.

Asesinato machista

Lo primero que nos tendría que quedar claro a todos (incluyendo al Tribunal Superior de Xustiza de Galicia) cuando hablamos de violencia machista es que no nos referimos a un delito de violencia de un hombre contra una mujer. Es algo mucho más profundo. Si yo mañana voy por la calle y ataco a un hombre para robarle 20 euros, es un atraco. Si ataco a una mujer para robarle 20 euros, es el mismo delito: el hecho de que la víctima sea una mujer, no lo convierte en violencia de género. Un tema muy diferente es cuando se ejerce la violencia contra una mujer por el hecho de serlo. En este sentido y desde el punto de vista académico, ha sido ampliamente aceptada la definición de la ONU, que nos habla de la violencia de género como: «Cualquier acto de violencia específica por razones de sexo tanto en la familia como en el lugar de trabajo o en la sociedad (que) incluye, entre otros, los malos tratos, las agresiones físicas, las mutilaciones genitales y sexuales, el incesto, el acoso sexual, el abuso sexual, la trata de mujeres y la violación, siempre que resulten o puedan resultar daños o sufrimientos físicos, sexuales o psíquicos para las mujeres, incluyendo la amenaza de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad». Teniendo en cuenta esta definición, resulta chocante que el caso de Ana María Enjamio no fuese considerado desde el principio por la Justicia como violencia machista simplemente porque se etiquetó al agresor como “conocido”, y no pareja o ex pareja de la víctima.

«Qué vergüenza que en esta sociedad el hecho de ser una mujer sea un factor de riesgo»

Y ¿por qué debería interpretarlo la Justicia como un ataque a una mujer por el hecho de serlo? Básicamente porque el móvil del presunto asesino es el rechazo ejercido por una mujer libre de vivir su sexualidad como le da la gana. A Ana María no le interesaba este hombre. Más allá de que los medios estén profundizando de forma morbosa en detalles personales como si se estaba dando tiempo con su novio o si este affair era más o menos serio. Ella había pasado página y no tendrían que hacer falta más explicaciones. No tendríamos que lamentar otro asesinato machista. Pero resulta que el agresor no lo acepta. No acepta la libertad de Ana María de decidir, como mujer y como persona, con quién se acuesta y con quién se levanta. No acepta que ella, en el ejercicio de su más sagrada libertad,  haga con su vida lo que le da la gana. No asume que, a pesar de haber sido su jefe en el ámbito laboral, no puede decidir sobre los sentimientos de ella. Y entonces, la asesina. Con premeditación. Con ensañamiento… Con machismo.  Qué vergüenza que en esta sociedad el hecho de ser una mujer sea un factor de riesgo. Pero no no educamos para lo contrario.

Como si mañana yo soy el asesino

Otro de los comentarios que no dejo de escuchar y se repite tras cada asesinato machista es aquel que cuestiona la credibilidad del hecho en cuestión porque el asesino  “es una persona completamente normal”. Como si la persona que ejerce violencia de género fuese un hombre recién salido de un sanatorio mental después de 40 años de reclusión incapaz de integrarse en la sociedad, con problemas y adicciones de todo tipo. No. No existe un perfil social concreto de agresor.

El día de mañana, si yo cometiese un acto de violencia machista, mis familiares se llevarían las manos a la cabeza diciendo “No puede ser. Si es un chico completamente normal”. Ahí el peligro y la dificultad de identificar el riesgo. La violencia machista nos afecta a todas y todos y por eso es importante que, desde pequeños, recibamos una educación que fomente la igualdad. Educar en la discriminación y reproducir los roles machistas propios de una sociedad desigual es el caldo de cultivo para futuros maltratadores.

La importancia de los medios de comunicación

El problema no está solo en la administración de la justicia. Está también en los medios de comunicación y en el arraigo del machismo en la sociedad. La culpabilización de las víctimas y el exceso de indulgencia con los agresores nos proporcionan una instantánea acerca del punto de vista mediático con respecto a la violencia de género. Por ejemplificarlo:

Este artículo “preventivo”del diario Faro de Vigo me ha puesto el pelo de punta por su preocupante similitud con aquel panfleto del Ministerio del Interior que recomendaba cerrar las cortinas para evitar ser violada. En este caso no hace referencias concretas a la violencia de género. Pero, casualmente, este periódico gallego ha decidido que este lunes era el mejor día para compartir semejante joya periodística que nos revela claves para que “no nos elijan” en un atraco.

El artículo está sutilmente soportado por una argumentación basada en la comunicación no verbal y la kinesia, pero deja en evidencia de nuevo que, si eres mujer, tienes papeletas para ser agredida y que la solución no está en castigar al maltratador, en educar a la sociedad en igualdad o en promover en nuestros jóvenes la no discriminación. No. La solución parece estar en la longitud de la minifalda, en no caminar sola por la calle y, en definitiva, coartar la libertad de la mujer.

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Consejos del Ministerio del Interior para “no ser violada”

Deberíamos empezar a interiorizar que, como hombres, no tenemos la potestad para elegir ni la ropa que se pone una mujer, ni la hora a la que “es bueno” que camine sola por la calle. No tenemos derecho a determinar el número personas con las que es moralmente aceptable que se acueste en una semana, ni tampoco a señalar cuales son las medidas que debe o no tomar para “no ser violada”.

En definitiva, la clave, por mucho que se empeñen los medios de comunicación en demostrar lo contrario, no esta en cómo no ser Ana Maria Enjamio. Está en no asesinar a Ana María Enjamio. Y para ello hay que educar en consecuencia. Hay que inculcar la igualdad en todas las esferas de lo social. Y erradicar el machismo de raíz de todas las estructuras sociales, empezando, cómo no, por la escuela.

Si no lo hacemos, seguiremos acumulando minutos de silencio como el de Ana María Enjamio.