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En los últimos días la actualidad ha despertado en mi una motivación para sacar a debate algunas cuestiones. Principalmente una: ¿Es nuestra sociedad lo suficientemente madura para ser feminista? Creo que la respuesta viene sola.

Hace una semana desde que la joven madrileña Diana Quer desapareció en A Pobra do Caramiñal en circunstancias que apuntan a varias hipótesis. Entre ellas la de la retención ilegal. El suceso ha roto todas las fronteras entre soportes y los medios de comunicación y redes sociales se han volcado con el caso. Pero la polémica ha llegado a través de los comentarios en la noticia publicada por El País, donde algunas personas llegaron a justificar un “posible o presunto” secuestro/retención/abuso en función del aspecto físico de la víctima, de su vestimenta e incluso de su género. Algunos llegaban a preguntarse, literalmente “¿Qué hacía una chica a las 2 de la mañana con un pantalón cortísimo, como muestra la foto… y sola?”. Es muy triste. Y los comentarios dejan mucho que desear con respecto a los valores de nuestra sociedad: que en pleno siglo XXI una persona no pueda ir vestida como le dé la gana por dónde le dé la gana a la hora que le dé la gana; especialmente si es una mujer, especialmente si viste corto, o sí (como decían algunos comentarios), es una chica “atractiva (?)”. Pero -y aquí el debate-… ¿Acaso no hemos creado esta sociedad que ahora nos saca los colores? ¿O es que vivimos en un entorno igualitario? ¿No existen las escuelas que segregan por sexo? ¿Acaso la televisión y la industria cultural en general no generan absurdos roles de género. Actitudes patriarcales. Clichés machistas? ¿Mujeres hombres y Viceversa no es un triste espejo en el que, por desgracia, muchas personas jóvenes se miran? Dime cómo es nuestra educación, nuestra cultura, nuestros grandes medios de socialización, y te diré cómo es nuestra sociedad.

Y lo que vemos -las violaciones, los abusos, el maltrato, el acoso…- es la punta del iceberg del patriarcado, puesto que lo que somos como conjunto está siendo construido desde nuestros primeros pasos en este mundo. Fíjense en cosas a priori inocentes como la distribución de los juegos infantiles en las tiendas, la separación entre “juegos de niños y de niñas”. La atribución de unos juegos a un “género” (me cuesta utilizar este término en niños pequeños) u otro en función de si su color es rosa o azul. ¿Cómo va a existir la igualdad si estamos generando estos absurdos roles prefabricados y artificiales desde que el bebé nace?

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Juego infantil “El cuerpo humano”, de la conocida marca de juguetes Clementoni, a la venta en cualquier juguetería del país, para niños y niñas de entre 4 y 6 años.

 

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Pero… ¿Mickey y Minnie no tenían ambos un traje rojo? Peluches de la misma marca para bebés desde tres meses.

Y sabiendo, después de todo esto, cómo el patriarcado se introduce a modo de virus hasta llegar a la punta del iceberg de la que hablábamos, ¿nos extraña que una mujer no pueda caminar tranquila por cualquier zona? Por desgracia, no. No, porque vivimos en un país en el cual 5 seres despreciables violan a una mujer y se jactan de ello a través de las redes sociales y un periodista de la televisión pública, lejos de condenar a los agresores, asegura que la violación se produce por un “error ingenuo” de la víctima. Duele, y mucho. Que una persona tenga que volver con miedo a su casa por las noches por el simple hecho de haber nacido mujer. Es una realidad aberrante. Y debería extrañar. Pero no lo hace. La sociedad, reflejada en esos comentarios de la noticia, no deja de poner el foco de la culpabilidad en la víctima en lugar de en el agresor.

El político y sociólogo estadounidense Patrick Moynihan proponía precisamente esta culpabilización de la víctima como explicación a la situación de desarraigo de los guetos norteamericanos en los años setenta: Para él, la culpa de la pobreza era de los propios pobres, al margen de la infraestructura social, de las desigualdades en el acceso al empleo, de la industria cultural, etcétera. Pues en este país parece que la culpa de las violaciones es de la chica con la falda más corta, y no del hombre que, con ensañamiento, decide cometer un acto que lo desacredita como ser humano.

No logramos interiorizar que la culpabilidad está completamente al margen de las medidas de un short. Y es algo que va mucho más allá de las relaciones interpersonales. La culpabilidad nace en la educación. En la vida en sociedad. En la industria cultural que consumimos. Desde la base sumergida del iceberg, aquel el peluche de color rosa o azul, pasando por los juegos para “niños o niñas”, por la segregación en las escuelas; hasta llegar a la superficie de un país enfermo de machismo en el que se acepta socialmente aquello de: “Se lía con todos, menuda guarra”, “Son todas putas”, “Van pidiendo guerra”, “Si se pone ese escote es porque quiere tema”, etcétera, etcétera, etcétera.

Es un debate más que manido y en el que existe una postura que no encontrará su sitio mientras no se eduque en consecuencia. Esto es; mientras la Administración no cambie e rumbo e invierta en una verdadera educación en igualdad, la sociedad no estará preparada para ser feminista; mientras los medios de comunicación de masas comuniquen desde un  enfoque machistaa, la sociedad no estará preparada para ser feminista; mientras la industria cultural promueva la imagen de la mujer sumisa y del hombre imbatible, fuerte, inquebrantable, insensible… la sociedad no será feminista.

Y si la sociedad no es feminista no solo nos tendremos que dejar de extrañar por estos comentarios, sino que nos seguiremos lamentando, año tras año, por el aumento de la lacra de la violencia de género. Tenemos profesionales con vocación para la educación. Y posibilidades para hacer de la cultura un mecanismo generador de igualdad entre hombres y mujeres. Lo que no hay, es voluntad.

 

 

Página de apoyo a la familia de Diana Quer en Facebook