O por lo menos no deja de rondar mi cabeza su impacto. Como si no hubiese problemas. Ah, ¿venías por una guía de autoayuda para moderar tus horas de juego? Pues no es aquí. Ni mucho menos. Pero si el buscador, Facebook o Twitter te han traído hasta aquí es por una buena razón. Presta atención.

adicto pokemon go

El popular juego ya ha dejado su huella en series como Los Simpson

No voy a ser el típico imbécil que dice que hace una cosa cuando hace exactamente lo contrario. Y es que cada vez es más trendy no seguir el mainstream —que en cristiano quiere decir que está de moda hacerse el interesante diciendo que no has probado Pokémon GO porque eso es para gente con tiempo y tú estás por encima de eso, cuando en realidad te mueres de ganas por probarlo, si no lo has hecho ya a escondidas—. No, no pertenezco a esa especie incorruptible de espectadores de los documentales de la 2 cuya superioridad moral les impide descargarse Pokemon GO. He jugado al maldito juego.

Y es cierto. Engancha. Más teniendo en cuenta que para mí, los Pokemon son los bichos entrañables del año 2000, la primera generación, la que aparece en la app. Pero todo tiene un límite. Dos días después de probarla y disfrutarla, la desinstalé. ¿Por qué? Miedo. Le he cogido pánico a la dichosa aplicación. En el momento en el que Pokémon GO llegó a España, empecé a ver gente por la calle excesivamente pendiente de su smartphone (mucho más de lo normal) y descuidando lo que sucedía a su alrededor. En este sentido, la opinión publicada está siendo especialmente crítica con las aglomeraciones para capturar un Pokémon único o con las quedadas en lugares concretos para entrenar en gimnasios, pero eso forma parte del juego, y no es lo grave. Lo grave es lo que he mencionado al principio que, por otra parte, ha hecho que desinstalase el juego a la misma velocidad que lo instalé: Estamos descuidando nuestro entorno. Nuestro alrededor. Vamos camino de perder el norte y en la brújula del mapa Pokémon no está. Palabra.

Ahora que me he desinstalado esta droga, me fijo mucho más en los comportamientos a los que da lugar. Cada vez que miro por la ventana en mi trabajo veo jóvenes (y no tan jóvenes) que se arremolinan en torno a bancos, estatuas o papeleras; buscando con sus móviles bichejos que antes se cazaban con un tarro. Cuando voy caminando, me cruzo con parejas que en lugar de cogerse de la mano, o soltársela airadamente en una discusión, manosean compulsivamente la pantalla de sus teléfonos. Si me acerco a la playa para desconectar un rato de las horas que me paso frente a la pantalla todos los días, veo a niños (y no tan niños) oteando la orilla con el smartphone en busca de Pokémon acuáticos. ¡Cuando yo era niño (y hace bien poco de eso) se iba a la playa a jugar a la pelota, a las palas, a correr, a rebozarse en la arena, a nadar y a cansarse guerreando con otros niños y niñas!

Pero el súmmum de toda esta vorágine de histeria colectiva que me ha animado a escribir estas líneas lo he vivido hoy, también caminando: Cuando estaba a punto de cruzar un paso de peatones, un vehículo que pasaba a una velocidad considerable ha estado a punto de arrollarme. En el momento, me aparto alarmado y me dirijo a la ventanilla para exigir más precaución al conductor, cuya reacción, lejos de ser de disculpa, es bastante agresiva. Decide arrancar a toda velocidad profiriendo insultos. De “lo siento” nada. En estado de shock, echo un último vistazo al sujeto en cuestión para cerciorarme de que lo que acababa de vivir había pasado de verdad cuando, para mi sorpresa (no tanta), observo que en su mano lleva el móvil y, en su pantalla, destaca la imagen de una pokeball. Sí, amigas y amigos. Ese hombre iba jugando a Pokémon GO mientras conducía. Pero lo más inquietante de todo es que viendo el comportamiento compulsivo de la gente, no me ha extrañado. En absoluto. Fijaos en los coches y decidme cuántos conductores y conductoras van con la cabeza gacha. Os alarmará comprobar el alto porcentaje de personas que conducen pendientes de su teléfono.

Por mi experiencia —he tenido un accidente con vueltas de campana hace menos de un año a causa de hielo en la carretera— le he tomado un especial respeto a todo lo que tiene que ver con la atención al volante. O que ten cú, ten medo, que decimos aquí en Galicia. Voy con los cinco sentidos y alguno más. Por eso, esta experiencia de un conductor Pokémon me ha desorientado por completo.  Ha provocado que empiece a temer un proceso de Black Mirror (serie que recomiendo encarecidamente) derivado del impacto de este juego en el comportamiento social. Y está haciendo que me pregunte seriamente hacia dónde vamos.

Por lo pronto, mi misantropía sigue subiendo de nivel. Y no, misantropía no es un Pokémon de tipo psíquico. Sentidiño.