Los seres humanos nos recuerdan mucho a las hormigas. Pero sólo en que son bichos esclavos de la química. Cuando el tiempo invita salen de sus guaridas buscando la luz, y desarrollan actividades con frenesí, incluso con pasión. Se respira una hiperactividad que promueva encuentros apasionados, la entrega, el amor. Los problemas se hacen menos problemas, los matices más sutiles, antes obviados, adquieren perfiles y nuevas dimensiones.

Ninguna hora es buena para refugiarse en la soledad cuando la luz muestra pereza para apagarse; se desafía al descanso reparador y la sangre galopa más rápido, capaz de limpiarlo todo.

Hasta las ideologías ceden ante el ímpetu de los sentidos desbocados y nacen parejas tan intensas como efímeras que serían inverosímiles en los días tenebrosos perdidos en el invierno. Montar en bicicleta es posible incluso para los más patizambos, escalar montañas escarpadas o maridar el calimocho con brécol y cigalas arroceras.

La luz es ideal para que el Poder trace impunemente, con alevosía,  maniobras de distracción y orqueste decisiones que desafían a la lógica. Porque, pasado el verano, las hormigas habrán apuntalado, un año más, el proyecto solidario que protege a la especie. Los seres humanos, en cambio, desde su supuesta superioridad intelectiva, habrán desperdiciado la oportunidad de ponerse de acuerdo en lo esencial y su especie sangrará por las brechas de la desigualdad y el hambre sostenida y grotesca que parece no remover la conciencia de la jerarquía.

 

 

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