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Soy de esas personas que se quedan mirando un arcoíris durante varios minutos. Conozco el fenómeno físico de la refracción, no es de los más complejos. Pero me sigue impresionando. Está en mi naturaleza.

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A Coruña. Fotografía de Sergio Casal 

De la misma forma, está en mi naturaleza preguntarme ciertas cosas a priori extrañas, diferentes. Probablemente por eso, uno de mis directores de cine favoritos —además de David Fincher (qué original)—, sea Cristopher Nolan (¡más original aún!). Y es que, a pesar de mi indudable vocación por las letras, tengo que reconocer que soy un físico frustrado. Desde pequeñito me he quedado mirando las estrellas y preguntándome cosas. Durante las clases de coñecemento do medio de educación primaria me fugaba directamente a los capítulos de astronomía y volaba lejos, leyendo acerca de cosas que estaban sucediendo a millones de kilómetros de mi pupitre. Mi primera opción hasta la selectividad… ¡fue Física!, ¡HABIENDO ESTUDIADO HUMANIDADES! Un desequilibrio… que no he abandonado del todo. Que sigue ahí, preguntándome cuándo será su turno.

Hace unos días vi Interstellar, y se nota. No es que se trate de una obra maestra del cine, incluso muchos físicos puristas se han llevado las manos a la cabeza con ciertas críticas, olvidando que hablamos de ficción. Desde hace un siglo, jugar con la teoría de la relatividad, con el espacio-tiempo, con lo desconocido, ha sido una gran tentación, así como dar solución a preguntas sin respuesta. Interstellar no es un documental. No es una clase de física cuántica. Es un relato para soñar. Para despertar de nuevo inquietudes adormecidas. En estos días apasionantes para la ciencia, históricos tras detectar por primera vez la existencia de las ondas gravitacionales (vibraciones en el espacio-tiempo), esta película se reafirma como imprescindible. Entre pactos y corruptelas pasa el tiempo y el primming informativo, y este hecho pasa desapercibido ya que, “¿cómo afecta de forma directa a nuestras vidas?”. De forma inimaginable. Pero esta es otra de esas preguntas para mirar hacia arriba y pensar. Y replantearnos nuestro papel dentro del todo. Puede que el espacio y el tiempo no sean más que otra dimensión variable dependiente de millones de constantes y otras variables físicas que todavía se nos escapan. ¡Que carajo importa si Pedro Sánchez lleva o no corbata!. ¿Qué importan todas las absurdas convenciones sociales que rigen nuestro día a día y que nos condicionan si somos algo efímero si no irrisorio a nivel cosmológico? ¿Por qué creamos tantos problemas que marcan nuestro día a día, que nos impiden ser libres si nuestro paso por este mundo es realmente circunstancial y azaroso? ¿A qué huelen las nubes?

Una de las últimas preguntas existenciales que se ha convertido en recurrente en mi mente es la siguiente (acortando en el lenguaje): ¿Si la naturaleza es sabia (la evolución nos muestra cómo muchos organismos se han ido perfeccionando durante millones de años para adaptarse de forma armónica a su medio: arañas, peces abisales, etcétera), por qué “ha permitido” (si se me permite una expresión peligrosamente teológica) o mejor la evolución tan catastrófica de una especie invasiva y destructiva como el ser humano? Es decir: ¿estaba realmente previsto que nuestro dedo gordo se desarrollase hasta perfeccionar el movimiento prensil, ergo manejásemos herramientas, ergo nuestro cerebro desarrollase increíbles conexiones sinápticas hasta lo que somos hoy?, o mejor, ¿ha habido algún “error” o “hecho inesperado” en la evolución que no estaba previsto en el caótico equilibrio del todo? He ahí la paradoja que comparto.

El caso. Interstellar me ha hecho reflexionar. Ese es uno de los grandes valores añadidos del cine. Y, como en Origen, Cristopher Nolan —y, en gran medida, la música de Hans Zimmer— me ha removido el subconsciente. Y, sobre todo, ha hecho que vuelva a mirar hacia arriba. Si todos lo hiciésemos de vez en cuando, nos daríamos cuenta de lo pequeños que son muchos de nuestros problemas.