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Dicen que no corren buenos tiempos para la poesía. Hay en torno a todos nosotros demasiado ruido, muchas interferencias, cruzadas, acerca de cuestiones banales y sin embargo las trascendentes, las que alcanzan las entrañas, son pasadas por alto. Predomina el rumor continuado sobre las formas, las apariencias y no se ahonda en la maduración. Se desprecia la sabiduría fruto del esfuerzo y de la experiencia y se da oportunidad a la ignorancia atrevida. Se apuesta por ser mercenario del dinero, admirador de la potencia de poseer frente a la grandeza de ser, único, irrepetible cual el que aborda el reto de crecer en valores y calidad humana. Hay una aceptación consentida detrás de la ocultación de la indigencia y de la desgracia de vivir en un lugar y en un tiempo equivocados, aun cuando sea a pocos metros de la plétora que anida en los paraísos egoístas e inaccesibles que satelizan aun las ciudades más míseras. Vendas egoístas y fáciles de aceptar con esa pretendida inocencia de los que viven un proyecto como si el Universo tuviera en ellos el principio y el final.

Sin embargo, la Historia es terca, y un día no muy lejano ya los poetas armarán sus palabras y las gentes humildes las utilizarán para saludar un nuevo mundo, donde los privilegios de sangre y las mafias serán aniquilados y será preciso enjugar las emociones en el principio del camino, allí donde se precisa firmeza en el pulso y claridad en la mente para trazar lo que conviene a todos. Sólo entonces, el mundo volverá a ser de todos y de nadie, sin las fronteras que el egoísmo ha ido levantando y sin los horrores con que el Poder ha ido roturando las almas amedrentadas de los hombres y mujeres que han perdido la poesía. ¡Qué hablen las palabras, como armas cargadas de futuro, para acallar tanta ignominia, tanta indignidad, tanta afrenta corrupta destrozando el fruto de esfuerzos generacionales!

 

© Santi Casal

 

In memoriam: Gabriel Celaya “La poesía es un arma cargada de futuro”.