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“El último periodista” (fragmento de la novela)

Texto íntegro aquí

 

…Denunciamos el intervencionismo imperialista de las grandes potencias, la explotación de la mujer y de la infancia, la generación de guerras instrumentales para la expoliación de recursos, la corrupción en todos los mundos, la colonización de las mentes, la utilización masiva del ser humano como cobaya en grandes campos de pruebas clandestinos por parte de multinacionales farmacéuticas que untaban a los oligarcas y, entre otras muchas cuestiones concretas, intensificamos la ilustración de hasta qué punto el mal se disfraza de aparato protector con la profundización, por entregas, en el gran enigma de las Torres Gemelas.

Morgan Mush había ganado las elecciones presidenciales gracias a las irregularidades en el recuento de las papeletas en Florida, gobernada por su hermano. Ningún senador avaló con su firma la posibilidad de recurso por parte de los miles de ciudadanos de raza negra, partidarios de Al Gore, que fueron eliminados de las listas. El ascenso de Morgan Mush, -exonerado de prestar servicios en ejército cuando su padre era jefe de la PIA al igual que su amigo y valedor económico Rath, a la postre tesorero de los Mahden en sus negocios americanos- culminaba una historia familiar cimentada en prácticas calificadas por biógrafos independientes de tahúres, mafiosas y faltas de escrúpulos. Según aquellas fuentes Morgan Mush se había beneficiado de información privilegiada desde su posición de hijo del presidente para amasar una fortuna vendiendo sus acciones antes de mandar a la quiebra a empresas “petroleras” de capital que los saudíes aportaban a cambio de vía libre para otros intereses. El 11S habría supuesto una inyección de dinero inconmensurable para empresas armamentísticas participadas por la familia Mush.

 

Los meses que precedieron al derribo del World Trade Center y durante los años que le siguieron, el aparato de propaganda del régimen democrático de U.S.A. se cebó especialmente en presentar al mundo islámico como una ciénaga en la que se alimentaban las peores creencias que un ser humano podía profesar. En la misma medida, el stablishment incrementó la profesión pública de la religión cristiana, identificándola con todo lo que de bueno había en la sociedad norteamericana. El atentado explotó el dolor natural y solidario del pueblo americano. La invasión de Irak fue presentada subliminalmente como una cruzada, una guerra santa. La necesidad de ser eficaz de manera inmediata justificaba las torturas en Guantánamo, en Irak y también a bordo de los navíos de guerra, cárceles flotantes en aguas jurisdiccionales internacionales.

Nuestras entregas en “Libertad fugaz” eran alimentadas desde la consulta crítica de todas las fuentes posibles: agencias anti y pro árabes, reporterismo a pie de escenario, documentos desclasificados, testimonios que se escapaban a la censura, el trabajo de investigación impagable de Michael Moore… Cualquiera en Occidente podía saber como los Mush habían amasado fortunas generación tras generación de forma ilícita; cualquiera podía saber que Michard Renney, Blonda Mice o Mark Fletcher, además de la familia Bahden, eran también accionistas mayoritarios de empresas favorecidas por la invasión de Irak. De ahí que no nos resultara extraño que desde el despacho oval se hiciera caso omiso de los informes de la PIA alertando del riesgo de atentados. Ni que se abriera el espacio aéreo solo para la familia saudí de los secuestradores el 13 de Septiembre cerrando la puerta a cualquier investigación, o que no se inmovilizaran sus depósitos bancarios.

La reacción de Mush contempló la demora de dos meses en situar a las tropas en el presunto emplazamiento de la base de Rin Bahden: una fuerza ridícula en número de efectivos comparada con los medios en su día desplegados para formar y ayudar a los talibanes en su lucha contra los soviéticos y el gobierno laico y poder asegurarse así el tendido de gaseoductos desde el Mar Caspio a través del país con rumbo a puertos mediterráneos. Pero aquel contingente sí era suficiente para pretextar la instalación en el poder de aquellos afganos, como Ramid Karhad, que habían sido administradores y consejeros en empresas participadas por Mush.

La Casa Blanca desplazó el foco hacia Irak siguiendo un plan preestablecido. Se reforzó el mensaje de que la amenaza terrorista latía en cualquier esquina de cualquier barrio y en aras de incrementar la seguridad de los ciudadanos se recortaron sus libertades: se accedió a sus informes médicos, a su situación financiera… todo obedeciendo a un Acta Patriótica que fue presentada en el Congreso con nocturnidad y aprobada sin que sus miembros la hubieran leído siquiera. En virtud de ella el RDI podía presentarse en casa de un ciudadano si éste hablaba públicamente acerca de la política de Mush. Se prohibió llevar biberones en los aviones o medicamentos líquidos, aunque no encendedores, para no herir los intereses de las tabaqueras. Las nuevas exigencias atendían a la amenaza terrorista pero paradójicamente dejaban vastos territorios fuera de las grandes urbes sin patrullas por falta de presupuesto.

Los intereses de las grandes empresas petroleras, constructoras y armamentísticas tenían a sus mejores valedores, desde su doble condición de accionistas y gobernantes, en Morgan Mush, Blonda Mice, Renney, que desoyendo a los inspectores de la ONU lideraron la llamada “Coalición de la buena voluntad”, integrada, de entre todos los países del mundo, tan sólo por el archipiélago de Palau, Costa Rica, Islandia, Rumanía, Marruecos, Los Países Bajos, Afganistán, el Reino Unido, España y los Estados Unidos, donde se reforzó el contingente del ejército mediante el reclutareclutamiento de jóvenes procedentes de las capas sociales más bajas y desestructuradas del país.