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La ciencia ficción, con su aportación imaginativa sobré lo que ha de venir, se revela como el motor del progreso científico, tecnológico y social de manera decisiva. Asimov llegó a dibujar escenarios en los que los robots cumplían un papel fundamental en la sociedad y llegó a establecer “las leyes de la robótica” que, en síntesis y ante la enorme capacidad que pueden llegar a concentrar estos ingenios, persiguen establecer que sus acciones estarán siempre subordinadas al mando de los humanos.

Con el paso de los años, los robots están detrás de la mayor transformación en menos tiempo de la sociedad. Los EE.UU. anuncian el impacto del impulso a la construcción de robots con competencias en la Industria, an la Agricultura, en la Medicina, en la investigación de todo orden: los puestos de veinte millones de operarios serán absorbidos por los ingenios pero, paralelamente, se crearán veintidós millones de empleos nuevos en la gestación de las nuevas generaciones de robots y en todas la oportunidades colaterales de incursión en nuevas vías de negocio. Se trata de cambios sociales, porque intentan frenar la implantación de soluciones cibernéticas y automatismos muy ventajosos para la calidad de vida y el avance de la ciencia sería absurdo. Los robots están presentes en nuestras vidas hasta un punto del que no somos del todo conscientes. Sería, eso si, políticamente incorrecto que Cospedal y su “finiquito en diferido” o Rajoy hablando a través de plasma delegaran los marrones en “Sebastianes” capaces de encajarlo todo. Sin embargo ya se periben escenarios en los que los mayordomos de hojalata incluyan supercircuitos suficientes para alcanzar la aureola de divergencia que hace parecer humano, cosa cada vez menos exigente. Woody Allen, sin duda influido por la lectura de Huxley, lo aventuró cuando introdujo una unidad humana en el equipo de servicio doméstico como un juego de ficción. Entonces ya la sociedad caminaba hacia una uniformidad casí tan consolidada como la de los robots. La propaganda del aparato burocrático y de poder ponían el mayor empeño en ello. Porque todo, también el cerebro humano y su comportamiento, responde a leyes matemáticas y no está lejos el día en que la miniaturización permita introducir tantas variables en los circuitos chatarreros como la que aportan cien mil millones de neuronas y unas glándulas chorreando sustancias para incentivar las transmisiones. Eso sin contar la capacidad ya en prubas de utilizar la biología molecular en la complexión del desarrollo cibernético.

Porque, ¿qué es un robot?. ¿Un corazón de titanio, una olla en la que vuelcas lo que traes de la compra, así, sin más, y te saca un bacalao a la vizcaína, presentado, al cabo de hora y media mientras ves “hombres, mujeres y viceversa”, o un marcapasos con mp4 incorporado con salida de auriculares? Pero además, ¿acaso no son robots los cúmulos de chips trabajando en equipo para desentrañar el origen y la etiología de las patologías más diversas?¿O los cuerpos que sirven de soporte a cerebros humanos?. Pero, ¿y los cerebros “artificiales” que se soportan en unidades de carbono?. ¿Cual es la frontera?. Fuera de los recelos bioéticos, en sus últimos estertores, hay un nuevo escenario de posibilidades en las que pesa menos el origen y la naturaleza de los entes y más su función, su utilidad social, sus costes, durabilidad y período de amortización.

Nuevas oportunidades, escenarios de progreso e industrias de complementos, como las y los muñecos de tacto natural, indistinguibles de los humanos. Ya se anunvia el trasplante de cerebro humano y no están lejos los matrimonios entre híbridos con esperanzas de vida centenarias. Y a mi me parece positivo. Se acabarán las guerras y los conflictos por el dominio de los elementos de subsistencia. Tomar camarones los sábados o pan bueno cualquier día será más una cuestión de placer programado que de necesidad perentoria.