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La figura de Felipe VI como emblema de la neutralidad que se le pide a la monarquía es lo más lejano a la realidad. El discurso de Obama había sido concertado con el Gobierno del PP y la Casa Real para injerir en la cuestión doméstica sobre el derecho de los pueblos a decidir sobre sus compañeros de viaje.

El desliz profesional de la traductora de las palabras de Obama puso en evidencia el concierto del Centralismo Español, reaccionando contrahecho de inmediato con la mímica irrefrenable del monarca y el activismo impaciente de Margallo apoyado en la Casa Real, con la Administración del país tomado como referente en la defensa de las libertades y que ha acumulado desde 1898 los mayores ejemplos de golpismo amigo por razones de interés geoestratégico que han llevado al mundo a ser un multifoco de conflictos.

Al PP y a la Casa Real le quedan cortos los recursos al Constitucionalismo y al interés patrio en su conjunto para frenar la reivindicación periférica, el ansia por poner las relaciones de pareja en su sitio. Cuando el amor muere, bastan la voluntad de uno de los cónyuges para pasar página. Lo contrario es la dictadura, y esta siempre se resuelve, indefectiblemente, con sangre o sin ella, con el nacimiento de una nueva realidad. Por eso la recurrencia al primo de Zumosol, con la puesta en escena de la Corte y la Cohorte mendigando el plural mayestático fuera de casa, es de un patetismo anacrónico. Con este episodio y con la defensa de la exhibición sobre lanza de los güevos del Toro de la Vega, la piel de Toro confirma el ridículo papel de país anclado en valores del pasado, intolerante e incapaz para arbitrar por si mismo fórmulas de diálogo.