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Veinte años después de la tragedia, el ingeniero Yamaguchi no ha podido perdonar

hombre bomba

Por Svend Aage NYBOE ANDERSEN (1965)

Su historia comenzó en 1945. Tenía 29 años y era ingeniero en los astilleros Mitsiikishida Nagasaki. Su firma, que es la espina dorsal de las industrias japonesas, le envió a Hiroshima para realizar un trabajo de tres meses poco después del nacimiento de su hijo. El 6 de agosto tenía que regresar a Nagasaki para reunirse con su esposa, hijo y padres.

– Junto con algunos compañeros —relata— salí para tomar el autobús, cuando descubrí que había olvidado mi sello personal. Me hacía mucha falta, especialmente aquel día, el último de mi estancia, en que debía firmar y sellar muchas cartas. Así, mientras mis compañeros tomaban el autobús, regresé a mi pensión. Busqué el sello y tomé un tranvía porque el autobús directo al astillero había partido ya. «Desde el final de trayecto tenia un paseo de veinte minutos hasta el astillero. El camino atravesaba una zona de descampado». Una mujer con traje de faena vino hacia mí. Llevaba un parasol blanco y el sol brillaba a través de él. Llevaba caminando unos cinco minutos cuando oí el zumbido de un avión. Miré hacia arriba pero no pude ver nada. Luego observé que un paracaídas blanco se abría y bajaba. De pronto estalló con un resplandor deslumbrante. Protegí mi cara con las manos. Instantes después me encontré en un campo sembrado de patatas al lado de la carretera. Miré hacia arriba y vi las nubes estallando en colores rojos, amarillos y muchos más. Creí que había estallado una gran bomba de gas. Observé como si el cielo ardiente se acercase más y más; salté a la carretera y corrí en dirección opuesta a las nubes ardientes. Dos muchachos corrían a mi lado. Sangraban a consecuencia de heridas causadas por cristales cortantes y lloraban al mismo tiempo que corrían. Al fin, alcanzamos un grupo de morales. Entre ellos el ambiente era más fresco que el ardiente aire del exterior. Mi pelo había desaparecido en la mitad de mi cabeza. Mis antebrazos estaban quemados por un lado. Estábamos asfixiados y paralizados y no podíamos hacer nada. Permanecimos allí durante veinte minutos entre los árboles despojados de sus
hojas.

Oímos el zumbido de otro avión y pensé: «Esto es peligroso», y echamos a correr hacia un terreno militar de tiro. Allí había una señora coreana gravemente herida y dos colegiales ilesos. Tenían aceite de coco con el que curaron nuestras quemaduras. Creo que esto me salvó. Eran las doce y me dirigí hacia el astillero a través de un poblado para coreanos. Estaba destruido. Desaparecido. El astillero estaba parcialmente arruinado. Algunos habían salido para buscarme. El hospital estaba también arruinado, de modo que me llevaron a un pequeño templo. Algo blanco extraído de un bidón de petróleo fue vertido en mis heridas y luego me las vendaron. Tenía fiebre y bebí muchísima agua.

 

DESOLACIÓN EN HIROSHIMA

La ciudad estaba ardiendo. Sacamos unas pequeñas embarcaciones del astillero para ayudar al traslado de los habitantes porque los puentes habían desaparecido. Hiroshima está construida sobre seis islas en el delta de un río. Eramos de 40 a 50 personas que partimos en una pequeña embarcación hacia un lugar de los alrededores de la ciudad que no habla sido dañado. Salía tanto humo de los incendios de la población que casi estábamos a oscuras, aunque era mediodía. Me dirigí hacia mi alojamiento. Varios niños venían hacia mí cogidos de la mano porque la mayoría de ellos estaban ciegos. Siguieron andando hacia el exterior de la ciudad. Era de noche cuando llegué a mi alojamiento. Estaba destruido. Los dos ancianos que me cuidaban estaban a salvo. Por la noche dormí en un refugio antiaéreo, pero no dormí mucho. Por la mañana llegaron raciones de emergencia y oímos rumores de que un tren de evacuación iba a salir de Kohi. Me dirigí hacia ese lugar, pero en el canino hube de atravesar la parte bombardeada e incendiada de la ciudad y también tuve que cruzar varios ríos. Había muchos refugiados en las calles y se congregaban junto a los ríos. El primero lo atravesé con agua hasta la cintura. Mucha gente murió allí. Vi muchos muertos y un niño intentando obtener leche de su madre muerta. El río estaba lleno de cadáveres. Encontré un puente de cemento parcialmente arruinado y llegué a la zona más afectada por el bombardeo. Los hombres reunían los cadáveres en montones, los rociaban con gasolina y los quemaban. El puente siguiente era de ferrocarril. Las barandas y toda la obra de madera había desaparecido. Nos arrastramos sobre los rieles que colgaban en el espacio sin soporte de ninguna clase. Una multitud de personas seguía aquella difícil ruta en su deseo de alcanzar el tren, que salió a la una y media pero no antes de que yo pudiese alcanzarlo.

EN NAGASAKI

Eran las nueve y media de la mañana del 8 de agosto cuando el tren llegó a Nagasaki. Había sonado la alarma antiaérea. Pequeños cazas de un portaaviones atacaban la ciudad y disparaban con ametralladoras contra todo lo que aparecía. Fui al hospital Mitsubishi. Allí encontré un doctor por primera vez. Era un oculista. Se me había formado mucha agua bajo la piel quemada y el médico pinchó las ampollas y vendó mis heridas. Desde el hospital fui a casa de mis padres. Estaban en un refugio, de modo que les esperé en el cuarto de estar. Cuando por fin llegaron y me vieron, se arrodillaron y me dirigieron las más enternecedoras palabras de bienvenida. Me dijeron que se habían enterado de que Hiroshima había sido destruida y que habían creído que yo estaría muerto. Enviaron a buscar a mi mujer y a mi hijo y, mientras ellos se quedaban con este último, mi esposa y yo fuimos a nuestra casa. Ya tenía mucha fiebre y dormí mal aquella noche, pero me sentía seguro y alegre por haber salvado la vida y por estar en casa con mi familia otra vez. La mañana siguiente fue la del 9 de agosto. Me levante porque quería ir a mi oficina y decir a la gente lo que había sucedido al astillero de Hiroshima. Convoqué una reunión, pero ninguno de mis compañeros ni de mis jefes querían creer que la destrucción de la que yo hablaba hubiera sido causada tan solo por una bomba.

– Usted es ingeniero —dijo mi jefe— y debe saber lo poderosa que tiene que ser una simple bomba para ser capaz de causar los destrozos de que usted está hablando.

«SE LLEVÓ LAS VENDAS DE MIS BRAZOS Y DE MI CABEZA»

Creyeron que la fiebre me hacía delirar. Uno me dijo francamente:

– No puede ser verdad lo que nos dice usted.

En aquel mismo momento el aire pareció que volvía a estallar. Todo quedó iluminado. Reaccioné muy rápidamente y me tiré debajo de una mesa. Los demás corrieron hacia la salida; luego llegó la corriente de aire que se llevó todos los papeles del despacho por la ventana, y se llevó también las vendas de mis brazos y de mi cabeza.

Salí por la ventana abierta. El cristal no estaba roto, y gracias a eso no me corté. Previamente había advertido a los limpiadores que no cerrasen las ventanas de mi despacho. Quería que estuviesen abiertas porque en los bombardeos mucha gente resulta herida por los trozos de cristal de las ventanas, pues a causa de la onda expansiva se rompen cuando están cerradas.

Estaba en el sexto piso, y trepé por una escalera de incendios hasta la parte superior del edificio, desde donde pude contemplar Nagasaki. Y lo que vi fue exactamente lo mismo que había visto tres días antes en Hiroshima. Vi que el cielo ardía y que las nubes eran rojas, amarillas y de muchos más colores que cambiaban constantemente. Pude ver mi casa, que estaba cerca, y corrí hacia ella. Mi esposa estaba en el jardín. El niño estaba en el de unos vecinos. Había sido alcanzado por un trozo de madera, pero no gravemente, Mi mujer lloraba. Yo vomité. Había sangre en el vómito. Durante los días siguientes me sentí muy mal. Permanecimos en el refugio antiaéreo. En las quemaduras de mis brazos llegaron a formarse cresas y las gallinas venían a comérselas sin que yo reaccionase, según me dijo mi mujer posteriormente. La paz llegó al fin. Y tres años después, mis heridas se habían curado. Mi mujer sufrió por envenenamiento radiactivo, pero se recuperó después de pasar tres meses en un hospital medio año después. Mi hijo también sanó. Es aprendiz en los astilleros. También mis padres viven y están sanos.

Esto es lo que dice T. Yamaguchi, de 49 años, que trabaja en los astilleros de Rlitsubishi, unos de los mayores del mundo, en Nagasaki. Casado con Hisako, tienen tres hijos, que son Kat su Toshi, aprendiz mecánico de veinte años; Toshiko, de 16 anos, que va a una escuela de empresas, y Naoko, de doce, que cursa estudios secundarios. Yamaguchi es, según parece, la única persona que asistió a los dos bombardeos atómicos de Hiroshinia y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945.

Yamaguchi termina el cigarrillo y me mira directamente. Su mirada. es completamente tranquila, su voz es valorativa y resignada:

– Sí, odio a los norteamericanos.

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[su_note] Reportaje original de FIEL – NORDISK PRESSFOTO, 1965
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