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Tengo una extraña atracción por días, como el de hoy, en los cuales el olor del agua recién llegada a un suelo exhausto ya por el calor anuncia la llegada del otoño. Pero estamos en primavera. Y hay vida.

  

En alguna ocasión he manifestado mi preocupación por uno de los temas que han perturbado la paz del ser humano desde que el mundo es mundo y hasta que deje de serlo. La muerte. Lo único seguro. La verdad universal de que no todo tiene un fin, pero sí un final. Y de que, a pesar de todos nuestros esfuerzos y nuestros avances en cualquier ámbito, la muerte nos llega y nos iguala; a reyes y mendigos. No se si llegaré a comprender o asumir este fenómeno, pero hoy he aprendido una importante lección. Vencer a la muerte no consiste en ser inmortal. No consiste en vivir eternamente. No es el cielo ni el infierno. La muerte se vence en un beso. En la primera sonrisa de un recién nacido. He aprendido que, aunque la muerte nos llega a todos, hay personas que la vencen mirándola a los ojos y diciendo: “¿nos vamos?”. Cuando vives más de 90 años haciendo feliz a muchas personas, sin que el paso del tiempo apague tu sonrisa o ensombrezca tu día a día, es entonces cuando has vencido. Cuando no esperas a que sea la muerte la que venga a llamarte, y decides que has vivido todo lo que tenías que vivir. Que has sido feliz y asumes con total normalidad el fin de la quimera existencial. Cuando el descanso empieza con una gesto de satisfacción. Es entonces cuando vencemos a la muerte.

Hace un par de años escribía lo siguiente: “…es inevitable clavar los ojos en esas flores marchitas por el paso de los años que representan una añoranza caduca de lo que fue un rito, olvidado por el devenir de los tiempos. Ningún rito y ninguna ofrenda hacen justicia a nuestros seres queridos. Sólo la imagen que permanece viva en nosotros puede hacer sombra al recuerdo imperecedero de nuestros fallecidos, que, al contrario que las flores depositadas en los túmulos, jamás se marchitará.”

El duelo es inevitable, la melancolía de saber que no volverán los primeros días de primavera bajo una higuera con el recuerdo del invierno todavía en una joven retina, sin nada más que felicidad hacia atrás y futuro hacia delante. Que una parte de todo eso se ha ido. Pero cuando la imagen que uno tiene para el recuerdo es una sonrisa, no puede más que sonreir. Sonreir, y mirar hacia delante