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(Fragmento de “El último periodista”) © Santi Casal . Ed. Scribd. Febrero de 2013

[…] Cualquiera en Occidente podía saber como los Mush habían amasado fortunas generación tras generación de forma ilícita; cualquiera podía saber que Michard Renney, Blonda Mice o Mark Fletcher, además de la familia Bahden, eran también accionistas mayoritarios de empresas favorecidas por la invasión de Irak. De ahí que no nos resultara extraño que desde el despacho oval se hiciera caso omiso de los informes de la PIA alertando del riesgo de atentados. Ni que se abriera el espacio aéreo solo para la familia saudí de los secuestradores el 13 de Septiembre cerrando la puerta a cualquier investigación, o que no se inmovilizaran sus depósitos bancarios.

La reacción de Mush contempló la demora de dos meses en situar a las tropas en el presunto emplazamiento de la base de Rin Bahden: una fuerza ridícula en número de efectivos comparada con los medios en su día desplegados para formar y ayudar a los talibanes en su lucha contra los soviéticos y el gobierno laico y poder asegurarse así el tendido de gaseoductos desde el Mar Caspio a través del país con rumbo a puertos mediterráneos. Pero aquel contingente sí era suficiente para pretextar la instalación en el poder de aquellos afganos, como Ramid Karhad, que habían sido administradores y consejeros en empresas participadas por Mush.

La Casa Blanca desplazó el foco hacia Irak siguiendo un plan preestablecido. Se reforzó el mensaje de que la amenaza terrorista latía en cualquier esquina de cualquier barrio y en aras de incrementar la seguridad de los ciudadanos se recortaron sus libertades: se accedió a sus informes médicos, a su situación financiera… todo obedeciendo a un Acta Patriótica que fue presentada en el Congreso con nocturnidad y aprobada sin que sus miembros la hubieran leído siquiera. En virtud de ella el RDI podía presentarse en casa de un ciudadano si éste hablaba públicamente acerca de la política de Mush. Se prohibió llevar biberones en los aviones o medicamentos líquidos, aunque no encendedores, para no herir los intereses de las tabaqueras. Las nuevas exigencias atendían a la amenaza terrorista pero paradójicamente dejaban vastos territorios fuera de las grandes urbes sin patrullas por falta de presupuesto.

Los intereses de las grandes empresas petroleras, constructoras y armamentísticas tenían a sus mejores valedores, desde su doble condición de accionistas y gobernantes, en Morgan Mush, Blonda Mice, Renney, que desoyendo a los inspectores de la ONU lideraron la llamada “Coalición de la buena voluntad”, integrada, de entre todos los países del mundo, tan sólo por el archipiélago de Palau, Costa Rica, Islandia, Rumanía, Marruecos, Los Países Bajos, Afganistán, el Reino Unido, España y los Estados Unidos, conde se reforzó el contingente del ejército mediante el reclutamiento de jóvenes procedentes de las capas sociales más bajas y desestructuradas del país. Soldados que con el transcurso de la guerra verían, decepcionados, como Mush ordenaba bajar sus salarios un treinta por ciento, se recortaba la asistencia social a sus familias y a los veteranos o víctimas con secuelas de la guerra, mientras las empresas de la cúpula de los dirigentes republicanos se ponían las botas sin que los escrúpulos por caer en incompatibilidades flagrantes siquiera afloraran.

Para Francisco y para mi todos esos datos no aportaban nada nuevo y habían perdido la fuerza de una revelación. Nos limitábamos a recordárselos a la población como un lugar común que había que tener presente cuando se hablaba de la forma en que los dirigentes de los Estados Unidos transmitían a la masa patriótica que había que defender los intereses del país más democrático del mundo. Pero no fue sino a partir de la entrega número diecisiete del reportaje cuando percibimos un cambio en nuestras vidas. En ese capítulo transcribíamos el testimonio de dos trabajadores hispanos de una multinacional que habían escuchado una secuencia de grandes explosiones en los sótanos de la Torre número uno antes de su desplome. En aquellos mismos momentos el presidente seguía impertérrito su plan de visita a una escuela primaria y escuchaba como los niños leían un cuento. Una actividad que le mantuvo sentado en el mismo lugar, de la misma manera, después de ser informado de que la nación estaba siendo atacada. […]

 

[…] Capítulo 7.

Nos fuimos con nuestros cacharros a instalarnos en la aldea, con nuevas conexiones satelizadas. Francisco dedicaba la mitad de su tiempo a contraprogramar y el resto a corregir la redacción de la nueva dimensión periodística en la que habíamos decidido entrar: la denuncia de la corrupción dentro del Sistema, y de manera más incisiva, en el seno de la clase política. No sólo era lo que aconsejaba nuestra falta de liquidez para abordar largos viajes. Es que además el cuerpo nos pedía atacar la impunidad con que las manzanas podridas venían actuando sobre todo en diputaciones y Ayuntamientos, sembrando la idea en la población de que la dedicación a la cosa pública estaba inseparablemente unida al deseo de enriquecimiento y de abuso de poder.

Francisco en aquellos días había profundizado mucho en su relación con Nélida. Yo lo comprendía. Él era más vulnerable a los ataques y a la persecución; más débil para afrontar retos trabajosos que sólo contemplaban el éxito como una posibilidad remota y con escaso premio. Por eso le di más cuerda de la que en principio parecía aconsejar el estado de nuevo punto de partida de nuestro canal mediático. A cambio me vi con un mayor grado de independencia a la hora de tomar decisiones. Así, cuando decidí hincarle el diente a la corrupción no tuve que vencer resistencias aun a pesar de la hostilidad que suponíamos se nos vendría encima.

La malversación estaba alcanzando en el país cotas tan altas que en tres años la credibilidad del Sistema había bajado ostensiblemente, y junto con Italia y dos repúblicas del Este pasamos a compartir el furgón de cola con un puñado de países latinoamericanos, dos asiáticos y la mayor parte de los africanos, todos ellos considerados tradicionalmente viveros para la acumulación ilícita de la riqueza en pocas manos.

La prevaricación, el tráfico de influencias, el cohecho y el cobro de comisiones ilegales a través de sociedades interpuestas eran menos palpables y escandalosos que el tráfico de armas, la trata de blancas, el narcotráfico o las prácticas mafiosas, pero su capacidad recaudatoria para un beneficio muy concentrado no era menos espectacular. Nuestra vocación de denuncia se trasladaba del asunto del terrorismo de Estado, desde el que cabía encuadrar la invasión de Iraq y las intervenciones en Afganistán quitando y poniendo jefes de Estado amigos, a otro tipo de prácticas de perfil más bajo pero con resultados demoledores sobre la tesorería de la que dependía la preservación del estado de bienestar en el país. Airear todavía más los trapicheos de la clase política y alinearnos del lado de quienes luchaban porque los de la Gürtel, Fabra, Matas, Urdangarin… no se fueran de rositas era la mínima aportación esperable de nuestra revista. A mayores y apoyados en nuestro grado total de independencia, nuestros editoriales iban unos grados más allá, planteando un “repensar la sociedad” con el foco puesto en objetivos a medio plazo: independencia del poder judicial, abolición de la monarquía, corporativización de los sindicatos y su desafección del trato institucional, eliminación de cientos de Fundaciones inspiradas en la industria proveedora de puestos altamente remunerados pero sin contenido para militantes destacados sin sitio en el Gobierno…

La alarma social crecía día a día a medida que la asistencia social se veía desbordada y cientos de miles de hogares pasaban a vivir bajo el umbral de la pobreza. Entonces el ojo público reparaba en cosas que años antes, cuando todo era crecimiento sobre presupuestos especulativos, pasaban desapercibidas. La Administración del Estado y los gobiernos de las Comunidades Autónomas habían manejado el dinero sin el rigor preciso, pensando más en el efectismo a corto plazo que en la rentabilidad de la inversión y su reversión en forma de riqueza y puestos de trabajo sostenibles. Gobernantes tenidos por prohombres con dimensión de estadistas enterraban cientos de millones de euros en contenedores fabricados con materiales encargados a Brasil o Italia donde albergar una cultura a la que, paradójicamente, se dejaba de apoyar aduciendo falta de recursos; se construían estaciones de peaje para el tren de alta velocidad en medio de la nada, aeropuertos en ciudades que no lograban atraer el interés de las compañías aeronáuticas, la ciudad del circo, estadios para ser pasto de la maleza, estatuas, monumentos, pantallas luminosas gigantes… Se montaban circuitos de velocidad de quita y pon a treinta euros por silla y casi trescientos millones de coste en derechos. La clase política llenaba los bolsillos de los intermediarios, sus benefactores, que a su vez llenaban los de sobrinos de presidentes y los de ilusionistas del circo de la fórmula uno, mientras los estudiantes de primaria y secundaria tenían que llevar mantas a las aulas de sus colegios y barracones, en los Hospitales y Residencias geriátricas se dejaban de abonar sueldos y las ayudas a la Dependencia eran eliminadas.

La Justicia, entretanto, seguía poniendo el foco en detalles inconsistentes para no tratar lo que verdaderamente importaba: la sangría practicada a la caja común y sus efectos perversos sobre una sociedad que caminaba a zancadas hacia estándares de vida propios del siglo XIX.

Y mientras los políticos, magistrados y banqueros corruptos recibían como premio su reubicación en puestos de gran remuneración donde no molestaran o una jubilación dorada tras indemnizaciones millonarias aprobadas en Consejo, el Tribunal Supremo inhabilitaba al juez que perseguía el rastro del dinero sucio y el Estado reajustaba su déficit cerrando quirófanos, escuelas y centros de investigación.

 

 

(De aquellos polvos vienen estos lodos)