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En aquellos años del franquismo en que los españoles habían sido abducidos hasta el complejo de inferioridad hacia el mundo anglosajón y tenían como referencia de modelo socioeconómico el de los EE.UU., en aquel Sistema que generalizaba la enseñanza del francés en la escuela y sólo los hijos de los más ricos conocían la lengua inglesa Jesús Hermida fue la avanzadilla del reporterismo suave y cotidiano en escenarios de paz, el enviado especial que le abría los ojos y le mostraba a los españoles las bondades del imperialismo correcto. Lo hizo desde un proceso de inmersión en la sociedad yanqui de un calado tan solo reservado a los gallegos, capaces de adaptarse a cualquier situación en el espacio y en el tiempo.

Hermida volvió, con su acento pronunciado que tenía mucho de impostación pero que, como toda su excesiva puesta en escena y también su conocimiento de otra realidad atrayente para una España en proceso aperturista, le daban una patente única que resultó apatecible para ser explotada en un formato que, sin dejar de ser periodístico, hacía muchas concesiones a lo amablemente frívolo en lo que habría de ser una nueva escuela, una veta de explotación del formato Revista (“magazine”), hecho con buen gusto, siempre observando el código ético y anticipándose a lo que vendría después, fruto de la guerra por ganar las audiencias: el periodismo basura, los reality shows que no respetan la ética y donde se traspasan a diario todas las líneas rojas por parte de conductores de los programas y personajillos de medio pelo elevando las miserias y las inmundicias a categoría de noticias.

Por eso Hermida merece ser recordado con afecto. Desde su conservadurismo innegable que levantaba tantos partidarios como detractores nunca dejó de ser coherente y fiel a la ética profesional, además de trabajador incansable y testigo directo de grandes acontecimientos que contaba desde los EE.UU., entoces tan lejanos, como si estuviera en la emisora de nuestra localidad. D.E.P.

 

Foto: El País