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Llevo casi una semana pensando como decir esto. Especialmente tras las elecciones andaluzas. No es fácil. Las formas, el lenguaje, pensar y repensar. Pero creo que después de meditarlo con profundidad ya lo puedo decir. La izquierda no sabe jugar.

Hagamos bien la tostada antes de que se queme. Al margen de las siglas

Esta mañana me he levantado y he puesto una tostada a hacer. Mientras consultaba las cabeceras de los principales diarios, el olor a fiesta de San Juan me pintó una realidad innegable: la tostada se había quemado. Entre el aroma a chamusquina y la visión del pan de molde, tuve una especie de deja vú: la ley electoral. Me explico: En nuestro país, la LOREG funciona como una tostada quemada:

  1. Preceso de votación: tostada en la tostadora. Mientras acudimos a nuestro colegio a votar, la tostada se va haciendo.
  2. Escrutinio: la tostada se ha quemado y consta de dos partes: carbonilla / hollín y parte “comestible”. Votos válidos y el resto (abstención y voto nulo). Podemos tratar el tema del voto en blanco, elección más que respetable, pero tan residual que diremos que es la corteza, los bordes de lo comestible.
  3. Asignación de representación electoral: sin paños calientes: lo que nos vamos a comer (también en la tostada).

Desde la aprobación de la Ley, se ha contemplado la abstención como un derecho electoral legítimo. Incluso ciertos sectores de la izquierda sostienen, no sin parte de razón, que la abstención activa es una forma de “dar una lección a un sistema injusto”; que es la única resistencia real frente a una ley electoral antidemocrática. Precioso, pero si nos paramos a pensar, el contexto nos noquea. Resulta que, el sector más crítico con la abstención… ¡está precisamente en la izquierda! ¿Alguien a visto al PP hablar tras unos comicios del nivel de abstención?, ¿de su preocupación por intentar volver a capitalizar parte de ese voto perdido? No, porque la abstención, mal que nos pese, les hace el juego. Ellos dirán: “España ha hablado”, aunque no haya ido a votar ni el 40 % del electorado.

Sin parecer cruel y para que se entienda, volveré a la tostada calcinada. ¿Qué hacemos con ella? Simple: raspamos lo que se ha quemado y a lo que queda, mantequilla, mermelada y para dentro. La ley electoral que tenemos raspa la abstención y los votos nulos (véanse lonchas de chorizo e ingeniosos juegos de palabras en las papeletas). así de fácil y duro, ¡los raspa y a la basura, eso son para el sistema! Y con los votos válidos montamos el chiringuito: la Ley D’Hont sólo tiene en cuenta para la represenación los votos que han ido a los partidos (lo que ha quedado después del raspado) ya través de una sencilla fórmula, otorga un determinado número de escaños a cada partido de la siguiente forma.

El número total de votos a los partidos se divide en las filas primero entre 2, luego 3, luego 4 y así hasta el total de escaños a repartir. Posteriormente, se asignan los escaños desde la cifra más alta de la tabla hacia cifras inferiores, por orden, hasta completar el número de escaños necesarios

¿Y qué sucede con el voto en blanco? Digamos que está ahí, y que, como la corteza, tiene una clara misión: tocar las narices. Más voto en blanco significa un mensaje de falta de representatividad para el resto de partidos, además, supone que el porcentaje de votos necesario para obtener representación, aumente. ¿Beneficiados? De nuevo los partidos mayoritarios, a los que precisamente quiere desfavorecer la persona que introduce su voto en blanco. Magia electoral.

El purismo abstencionista se arrancará el pelo con esta comparación: “Qué falta de consideración con la historia…. es una falacia… así nos va a la izquierda… si todos nos organizásemos…”. Y Rajoy en Moncloa. Hay algo que una parte de la izquierda, víctima del idealismo hegeliano que envidio, no quiere entender: la gente no lee a Kropotkin, no se organiza, no vota a quien le da lecciones de democracia. Y, sea como fuere, estamos en el juego de la “democracia de partidos”. Ciudadanos y Podemos están metidos de lleno y el PSOE parece haberlo visto a tiempo (por lo menos en Andalucía). El PP ha estado menospreciando esto pero ahora, conscientes de que lo que creían que era voto oculto no es mas que humo, comienzan a hacer tristes amagos como llevar a Cifuentes al Hormiguero o piropear a Albert Rivera. Y el que se mueva, no saldrá en la foto.

 Dos opciones: seguir absteniéndonos y esperar a que se le aparezca el espíritu de Lenin al proletariado para tomar la Moncloa por las armas, o ganarles en su casa. Demostrarles que no son los dueños del monopolio de la democracia y borrar su sonrisa para dibujar la nuestra. En resumidas cuentas, el mensaje es este: ganemos las elecciones, y luego gobernemos. Hagamos de la tostada quemada una tosta de caviar. Juguemos su juego, y ganemos.