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Quién no ha visto a alguien por la calle y ha dicho, «¡ese es gallego!». Para qué negarlo, a mi me pasa continuamente, especialmente cuando paseo por las calles empedradas de la ciudad de nacimiento del sujeto en cuestión, Santiago de Compostela. Piedras en el suelo, gallegos en Galicia… ¡qué cosas!

Minuto 02:20

No es la primera vez que alguien llama «gallego» a un dirigente político. ¿Quién no recuerda aquel gallego en el sentido más peyorativo del término de Rosa Díez a Zapatero (Valladolid, 1960) en CNN+?

Es cierto, la muestra seleccionada puede parecer sesgada –líder de UPyD, votante del PP del barrio Salamanca…– pero la primera piedra, como en muchos otros ejemplos, la lanza una institución cultural de la talla de la Real Academia Española de la lengua (RAE). Es habitual escuchar a alguien en sus argumentos “no, es que la RAE dice…”; pues en este caso dice:

“Tonto”.

¿Por qué? la Academia lo justifica aduciendo que en Costa Rica ese es su significado en el uso coloquial. En España se han alimentado ciertos tópicos como el de que el gallego es una“persona indecisa o de opinión indeterminada”. Vamos, que ni sube ni baja. Por caridad, dejen de argumentar con la RAE en la mano. También nos dice que almóndiga, cocreta y murciégalo son términos correctos. El uso hace la norma. Pero en muchas ocasiones, la norma no es lo correcto. Ni mucho menos.

Fíjense en la sonrisa cómplice que Aznar (Madrid, 1955) lanza a Pedro J. cuando se refiere a los orígenes de Mariano Rajoy –”Qué te voy a contar que no sepas sobre los gallegos, Pedro”–. Este comportamiento lo resume perfectamente Santi Casal en el siguiente párrafo:

…Deste exemplo de elocuencia comedida moito tiñan de aprender algúns políticos que se multiplican os fines de semana con declaracións tópicas e ben chistosas na procura do aplauso partidista a través dun exercicio dialéctico que por probe e sectario, envilece a adicación á cousa pública.

Es tal cual. Los mismos que se ríen de estos tópicos son los que piden “unidad nacional” (?). España 1 y no 51, que dirían los ascendentes del citado expresidente del Gobierno (padre falangista y abuelo de Unión Patriótica); ya se sabe, de aquellos polvos… Pero no reabramos heridas, como dicen desde el fascismo cool. Mejor dejemos las cunetas como están, sigamos sangrando.

Luego están los que afirman que el nacionalismo se cura viajando, viendo otros lugares. No estoy de acuerdo. Por mi vocación internacionalista, creo en un mundo en el que la eliminación de las desigualdades algún día termine rompiendo todas las fronteras. Fronteras que en muchos casos están representadas a través de altas vallas llenas de cuchillas que lo único que hacen es demostrar que, a día de hoy, los seres humanos nacen con determinados derechos según su nacimiento. No soy nacionalista, pero cuanto más me alejo de Galicia, cuantos más lugares descubro, más creo en nuestra singularidad.

Grandes pensadores como el antropólogo Ernest Gellner o, desde un punto de vista más vinculado con la evolución histórica, el marxista Eric Hosbawm, han desarticulado los principales factores vinculados al argumentario tradicional de los nacionalismos (etnia, lengua, origen e historia, religión, cultura, etcétera) que, según comentan, han sido el resultado de reconstrucciones históricas interesadas con fines políticos ajenos a razones reales. Puede ser. Puede que la raza aria de la Alemania Nazi, los delirios de grandeza del Imperio Otomano frente a los Armenios, que la balcanización, o que muchos nacionalismos de origen pequeñoburgués fuesen consecuencia de una distorsión interesada de la historia. Pero,  a diferencia de todo lo que promulgan esos nacionalismos pequeñoburgueses que tienen nichos de mercado en otras zonas de España, en Galicia no hemos sido instrumento para gobernar, no hemos inventado nuestra historia, básicamente porque nuestra historia la han escrito, durante más de cinco siglos, los gobiernos centralistas con sangre, represión y silencio (Séculos Escuros). Y aun antes de todo esto, existió una época en la que la razón se impuso al fanatismo. En la antítesis del centralismo de los Reyes Católicos (que prohibieron el uso del gallego), estaba Alfonso X El Sabio que, mucho antes, había escrito sus cantigas de amor y escarnio en gallego-portugués.

En un lugar apartado, al noroeste de la península ibérica, sobrevive la cuna de millones de personas que tienen algo en común. Personas repartidas por decenas de países del mundo (hai un galego na lúa, lúa) que tienen algo que les hace especiales. Y no es la indeterminación. Es algo que no es excluyente, sino enriquecedor. Son gallegos:

  • En Galicia: 2.796.089 personas.
  • Resto de España (nacidos en Galicia, 2009): 370.079 personas.
  • Diáspora: 350.564 personas (Más de 150.000 en Argentina. El resto repartidos entre muchos países de Centroamérica, Norteamérica y Sudamérica, así como Suiza o Alemania).
                                                  Fuente: Portal de emigración de la Xunta de Galicia
Davila ©

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No se confundan. Mariano Rajoy no es gallego –en el sentido que sea del término–. Mariano es un sinvergüenza. Un estafador y un mentiroso. Que critica a los –según él– vendehumos después de haber gobernado una legislatura entera de forma totalmente contraria a la que había prometido en su programa de 2011 porque “hizo lo que había que hacer”. ¿Por qué no buscan los ejemplos de comportamiento vinculados a otros históricos? En 1846, durante el reinado de Isabel II, se produjo el levantamiento del general Solís y los denominados provincialistas contra el gobierno de Narváez, que consideraban fiscalmente injusto. De ahí vienen los mártires de Carral, que tienen una estatua en homenaje a ese levantamiento y a su injusta y penosa (hablo de las condiciones de la misma) muerte en la plaza del pueblo de A Coruña que lleva ese mismo nombre.¿Dónde está aquí la construcción histórica inventada? ¿Es que Gallaecia es un invento del BNG?¿Sabrá esa joven del barrio de Salamanca de Madrid que el padre de Fidel Castro era de Lugo? ¿Sabrán Rosa Díez y Aznar que el bisabuelo de Simón Bolívar era de A Coruña, y que el abuelo de Raúl Alfonsín era gallego también?

Non importa, somos todos coma este miñaxoia de Rajoy que, por non saber, non sabe nin falar galego –e se sabe non llo escoitei–. Hai tantísimos irmáns do pobo galego polo mundo…, tantos amigos. Pero non todos. Só podo sentir pena por todos os imbéciles e escuros que non nos entenden (o noso ser, non o noso idioma), porque denotan a súa rixidez moral. A súa pobreza cultural e a súa intransixencia. A súa envexa. Eles que queden cos seus xigantes de ladrillo e cos seus delirios de grandeza. Eu podo pechar os ollos e voar cando queira aos riscos da costa do meu berce, ás lubres encantadas do fogar de Breogán, bañadas por néboas antediluvianas que azorran o queixume dos mouros, da Santa Compaña e dos Pinos. Podo soñar esperto empurrado polo doce son do ar.