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… y, sobre todo, nada va a cambiar en las próximas horas, en los próximos días perdidos en el calendario.

Sin embargo, el día más triste del año, el “blue monday”, nos sorprendió con una luminosidad que dejó en evidencia la fatuidad de quienes quieren resumir nuestras vidas en compartimentos estanco prodigados por el poder económico y los mass media.

La última revolución en las programaciones televisivas es la asignación de espacios descomunales para hablar de isobaras, ciclogénesis, presión, y toda suerte de meteoros aun cuando no concurra ninguna situación extraordinaria o de peligro para la población. Pero lo más inquietante por paradójico es la recreación en los consejos para convivir con el frío o el calor y sin embargo la nula hilación de la constante superación de records de la temperatura media o de episodios de enquistamiento de gotas frías seguidos de sequías también de record con el incremento exponencial de la emisión de gases con efecto invernadero.

Es todo un síntoma de la preponderancia de los intereses de la sociedad urbana sobre los de la rural el discurso de los hombre y las mujeres del tiempo calificando el clima de bueno o malo con relación a las actividades de recreo, de ocio o de mero desplazamiento hasta el centro de trabajo, siempre a cubierto. Porque en la consideración de lo que es buen o mal tiempo nunca entran los intereses de los excavadores, de los obreros de la construcción, de los pescadores y, si me apuran, de los jornaleros del campo. Parece que importan mucho más las asociaciones con el bienestar de los ociosos –esquiadores, senderistas, surfistas, casamenteros, deportistas, practicantes de vuelo sin motor o voladores de cometas- y de los urbanitas.

Pero en Galicia llueve y los gallegos invernamos. Es lo que tiene esta época del año, por lo demás tan duradera. Lo mejor que podemos hacer es realizar aquellas actividades que se llevan tan bien con el recogimiento. Es tiempo de dejar descansar el campo, tiempo de encuentro con uno mismo, de intimidades compartidas y de entrega a los placeres gastronómicos que suplen la falta de luz. Y es también la invernía ese estado consustancial a nuestra capacidad, sólo compartida por los pueblos célticos, para conseguir, por un proceso de ósmosis, caminar bajo la lluvia durante horas si apenas mojarnos. Sólo necesitamos movernos de perfil, sesgados, sin llegar a ocupar del todo espacio alguno, cosa que maravilla a cuantos extranjeros nos visitan y que, caminando a nuestro lado, acaban empapados. Los paraguas son bastones para los gallegos y pretextos para el encuentro cuando la distancia entre haciendas dilata los motivos. Pero el agua forma parte de nuestras vidas y es nuestra primera señal de identidad, el elemento donde nace y habita lo mágico que nos hace inmortales, eclécticos y sabedores de que detrás de cada elemento cotidiano hay un alma indestructible y poderosa.

 

Ruas_de_Compostela

Foto: Santi Casal