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Existen todavía países en los que, ya bien entrado el tercer milenio de la era cristiana, siguen ejerciendo el papel de jefes de Estado por razones dinásticas hombres y alguna mujer que son apreciados por parte del pueblo como si estuviesen tocados por la divinidad, a los que se les perdonan todos los excesos y cuyo mayor activo es el de impedir, con su presencia, los enfrentamientos populares por razón de ideas. En esos reinos la clase política por debajo de los monarcas presume de democracia de vanguardia. ¿? ¡Cuánto queda por hacer, cuanto por educar en valores para liberar a los pueblos de las cadenas que les imponen los poderosos.

De fondo, el tono triste de unos monarcas a los que les pesa el subconsciente recordándoles que encarnan la involución, un freno para el progreso.