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Los sucesivos presidentes del gobierno del reino de España han ignorado durante el ejercicio de sus cargos el importe de lo que, de común, se consume a diario, cuando se puede, mientras se vive. Y no sólo porque no han necesitado llevar tesorería en sus bolsillos o billeteras, sino sobre todo porque el importe de la intendencia diaria no es algo que les haya incumbido. Es lo que tiene por un lado tener pagada por el erario público vivienda, luz, agua, teléfono y adsl, comidas, transporte… y por otro vivir instalado en una permanente nube, en una burbuja aséptica donde no se filtran los livixiados, los detritus de la sociedad ultracapitalista, los despojos indeseables que hacen daño a la macroeconomía y a la marca España.

Los presidentes, el presente y los eméritos, parecen pasar por alto que de la crisis no se sale por repetir mantras sobre la confianza de los mercados internacionales en la solvencia del país, sino que se atenúa con medidas imaginativas para evitar que seque las fibras, el aparato musculoesquelético y el ánimo, lentamente, en millones de hogares donde no entra un duro. Si los presidentes, el actual y los eméritos, ignoran el papel crucial que en este momento juegan la red solidaria entre los más humildes, dentro de las familias y entre vecinos, el trueque material y de tiempos, conocimientos y valores circulando de puerta a puerta y el voluntariado anónimo en buena lógica merecerían la inhabilitación y la pena de cárcel por no atender su compromiso jurado de cumplir la Constitución y abandonar a su suerte a sus conciudadanos. Si, por el contrario, tienen constancia de que la sociedad civil está supliendo la incapacidad o la falta de voluntad política de aplicar prioritariamente las políticas de asistencia social en un caso, como el presente, de emergencia, deben entonces abandonar el discurso triunfalista basado meramente en las cuentas de resultados de la Gran Empresa y presentar ya la dimisión para que sea un Gobierno Provisional, de consenso, con la única misión de hacerse cargo mejor hoy que mañana de dar crédito a la Función de Administrar, dotar de contenido las medidas de cobertura para que lleguen a toda la población que lo necesite y convocar elecciones anticipadas con listas abiertas y prohibición de participar para todos los inmersos en casos de corrupción.

Mientras esto no suceda, mientras el país ocupe el puesto contiguo al de Nigeria en la escala de Corrupción, con una recién aprobada Ley de transparencia, con los votos del PP, que obstaculiza cualquier intento de auditoría externa o incluso del mínimo control intraparlamentario (“No pienso controlar los viajes y los gastos de hotel de los parlamentarios. No estamos en un colegio”. Posada dixit) y que hace que resulte hilarante ver a los dirigentes Populares sacando pecho por Europa adelante autoerigiéndose como los campeones de la transparencia por delante de democracias consolidadas que en décadas no registran casos de corrupción.

Mientras, el panorama de los dirigentes, el pulso de su vida diaria es elocuente: De Cospedal busca la exculpación de su formación, atrapada en los autos judiciales que afloran por allí donde asoman el dinero y el poder, por la vía de intentar extender la mierda al decir que en la clase política hay la misma corrupción que en el resto de la sociedad; otros, beneficiados por su política alentadora del fenómeno de puertas giratorias, se aburren en los Consejos de la eléctricas, o sentencian sobre el bien y el mal después de implicar al país en genocidios y, como mínimo, ignoran el precio del café porque el chófer o la secretaria son los que se ocupan del cash.

 

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