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 Tengo un mac. Tengo una camiseta de Salvador Allende. Soy un hipócrita. Tengo unos zapatos Nike, probablemente cosidos por niños. Escucho a Pablo Hasél en mi Smartphone mientras dos viejos amigos se preparan para la fría noche madrileña con un cartón de Don Simón en el cajero en el que saqué 20 euros hace apenas tres horas.

Cojo el metro. Una madre muestra la imagen de su pequeño para obtener una limosna. Conmovido por la imagen empática que genera el recuerdo de mi sobrino pequeño, saco mi cartera y le doy lo que buenamente llevo. Pero la limosna está mal porque la caridad es una forma de alimentar un sistema opresivo y vertical. Soy un burgués, un progre.

Escribo en un wordpress sobre la vigencia de la lucha de clases, sobre la dictadura del capital y la putrefacción mediática, sobre la democracia. Consulto mi twitter mientras un chaval vomita en la plaza del barrio. Sí se puede. Raíces vigorosas.

Algo debo de hacer mal porque consigo dormir (mal que bien) por las noches… Vivo en un país capitalista. ¿Por qué no me voy a Cuba? Si tuviese dos dedos de frente no sólo no dormiría, sino que me sometería a algún tipo de autoflagelamiento (no necesariamente con fusta).

¿Pero, sabes por qué, a pesar de todo esto, duermo por las noches? Porque me despierto por las mañanas sabiendo que noticias como la de abajo no abren los informativos. Porque los hay peores. Y no van de frente. Porque la violencia estructural ha sido normalizada. Por mi también. Pero por lo menos lo veo, lo reconozco y no me lo guardo. Mientras esta enajenación colectiva no cambie hay que, como mínimo, seguir con vida.

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¿Has visto la película “The Purge”? Échale un vistazo, aunque sea a la sinopsis. Hoy en día, un niño ve a una persona durmiendo en un cajero y no le pregunta a su mamá qué hace durmiendo ahí. No le pregunta por qué no está en su casa. Esa es la purga en nuestros días. Eso es normalizar la violencia.