Alabanza de la meditación y del placer compartido

(Conversaciones con Agrelo Abuín: “La crisis del Sistema”)

 

Siempre consideré afortunados a aquellos que pueden meditar durante horas todos los días, como los monjes, o los ancianos en algunas culturas orientales en las que las familias liberan de cargas a los patronos caminando de pueblo en pueblo cuando ya cumplieron con sus responsabilidades. Las gentes ponen arroz en sus escudillas para que no tengan que interrumpir la preparación que les ha de facilitar el tránsito a la otra vida.

Con el paso de los años yo fui capaz de desarrollar la capacidad de meditar incluso en las situaciones más perturbadoras en apariencia: en el metro, en la consulta del dentista o realizando tareas rutinarias.

Soy un meditabundo empedernido. Antepongo esa necesidad a cualquier otra. Esto le sirvió a algunos para decir que yo era un amante pésimo, porque tendía a estar ausente en los encuentros. Desde luego mis amantes no habrían suscrito esa tesis. La meditación es también una herramienta que mejora la focalización, la concentración con respecto a un objetivo en un espacio y en un tiempo precisos. Puedo asegurarle que la meditación corrige la tendencia a la dispersión. Ahora bien, la atracción también es un valor para tener en cuenta en el éxito de los juegos eróticos. Mi contribución en ese terreno consistió en aportaciones de la filosofía Taoísta al empobrecido campo del arte de las prácticas sexuales en un Occidente dominado por el puritanismo y la vivencia omnipresente del pecado, impuestos por la Iglesia. La chusma clerical viene poniendo todo el empeño en amargarle la vida a sus siervos. Condena de manera explícita y también rastrera la vivencia de los pequeños placeres que la vida ofrece. Incluso desvirtúa el mensaje del profeta e introduce mentiras sobre su testimonio vital, acotando a María Magdalena en la figura de una prostituta, para que Cristo no pasara a la Historia como un hombre atraído también por lo terrenal.

El afán de la Iglesia por reducir el sexo a una actividad fecundadora es un propósito ya difícil de encajar entre los prosélitos. La moral evoluciona, imparable, por más que le pese a la jerarquía mafiosa de esa inmensa secta, que vive como si tal cosa y ya per saecula saeculorum al margen de los principios que preconiza su libro de estilo: las “sagradas escrituras”, escritas por hombres que no llegaron a transitar los siglos ignominiosos de venganzas y oscurantismos en el medievo.

Un hato de camarlengos de gordura fláccida, visceral y tegumentaria, blindados en su mundo de plétora, continúan con la estrategia de fomentar el miedo al miedo. Si no fuese un tema tan serio, produciría risa e incluso vergüenza ajena la manera en que se autoerigen como apóstoles de la verdad, más cerca de Dios que el resto de los mortales. Pero su intervención en asuntos temporales siempre en favor del poder oligárquico, incluso apoyando cuando no instigando el genocidio de los divergentes, no es para tomar el tema a la ligera.

 

© Santiago Casal Quintáns

 

 

 

 

Obra de Xabier Valderas

 

 

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