Etiquetas

Muerte, una sola palabra que lo abarca todo. Es indiferente el número de folios que se ocupen en este tema, al terminar, la muerte seguirá siendo algo seguro, inevitable, irrefutable y universal.

Duy Huynh ©

Al contrario que otros asuntos susceptibles de teorización, sobre los cuales a lo largo de un ensayo puedes incluso cambiar tu concepción, punto de vista e idea radical, sobre la muerte sabemos lo mismo antes, durante y después de la teoría; entonces, ¿por qué escribir sobre algo que sabemos imperturbable?

Miedo, ansiedad, incertidumbre… Las mismas respuestas que nos da la religión, sea esta cual sea; un soma para aquellas personas que se niegan a aceptar la inmunda razón de la existencia humana y crean un universo maniqueo en el que un ser demiúrguico hace y ordena el universo a través de las leyes del hombre. La realidad es tan decepcionantemente sencilla que es por ello inaceptable para el 99,9 % de la especie: la vida humana no vale una peseta.

Si uno lo piensa durante unos segundos, hasta puede ser abrumador: planetas, estrellas, galaxias, nebulosas, cúmulos, agujeros negros, quásars, explosiones gamma, super e hipernovas… no somos nada. Los caprichos de la existencia nos han permitido qué; ¿60? ¿70?, a lo sumo 80 años errando (y equivocándonos) en una parte minúscula e irrisoria de todo esto y, ¿para qué si se puede saber? Es como si se nos pusiera el caramelo en la boca para luego retirárnoslo, bien; ¿y qué mas da?, ¿qué importa todo eso después de nuestra muerte? Nada, como mucho, y si hemos hecho algo de provecho, nuestro legado puede prorrogarse unas décadas, unos siglos para aquellos a los que la historia ha reservado un lugar especial; bien, 500, 600, 2000 años… pues 4.500 millones de años le restan a nuestro planeta (eso si un asteroide o, más fácil aún, el propio ser humano no lo destroza con su insolencia, arrogancia y “todopoderosismo”).

No somos nada, nada. Partamos de esta concepción para empezar a darle algo de sentido a nuestra aparentemente inútil existencia.

Algún autor como Sherwin B. Nuland en Cómo morimos ha intentado, a través de la experiencia, tratar de comprender cual era, desde el mecanicismo de los procesos orgánicos, el fin de una etapa tan penosa (trabajosa, cansada o indeseable). En esta obra, Nuland hace visible una realidad que se puede resumir en (sin menospreciar en absoluto su trabajo, todo lo contrario) dos palabras: somos bichos. Sería más sencillo conformarse con una existencia simple, sin excesivas preguntas, para no condenarnos a la búsqueda permanente de respuestas, a procesos mentales que no hacen más que sumirnos en un círculo vicioso de enfermiza racionalidad. Esta complejidad (forma de vida inteligente, como la llaman algunos expertos científicos) puede convertirse en patológica, suele convertir la existencia en algo complicado, más fluctuante. Supongo que ese ideal de Carpe Diem está reservado a otros dos tipos de personas: Las que no se hacen preguntas extrañas, y las que están por encima de todo esto y han aceptado lo inaceptable. Mi más profunda admiración para ambos.