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Si hay algo que caracteriza a las grandes urbes contemporáneas es la pluralidad racial, un hecho que, por lo general, pasa desapercibido como fenómeno demográfico de nuestro siglo.

Pintura "rojigualda" sobre la fachada del edificio de Extranjería. Sergio Casal

Pintura “rojigualda” sobre la fachada del edificio de Extranjería. Sergio Casal

La Calle Real de A Coruña es ejemplo de ello, un lugar céntrico, no muy alejado del casco histórico, un lugar donde, desde hace siglos, se erige un edificio que hoy día acoge la oficina de extranjería de A Coruña, propiedad del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas del Gobierno de España.

Decía Castelao que “el gallego no protesta, emigra”. Y es que, en el seno de nuestra sociedad, y no hace mucho tiempo, muchísimas familias se vieron obligadas, tras la Guerra Civil, a separarse, a despedirse para emprender un viaje hacia lo desconocido, el amargo trago obligado de la emigración, con la incertidumbre, en la mayoría de los casos, de no saber nada acerca de los lugares hacia los que uno se embarcaba, pero sí sabiendo lo que se dejaba atrás: la familia, las raíces, los sentimientos…Todo esto bajo el yugo de una durísima dictadura que, con la rojigualda “asanjuanada” como emblema, se materializó con violencia en aquella “longa noite de pedra” que, a día de hoy, todavía no ha encontrado del todo su fin. Vivimos en el alba eterna del proceso de democratización, dejando para el postre el tema de la migración. No terminamos pues, de despertar de esa “noite” y, aunque me cueste creerlo, hay gallegos que, por las razones que sean, han olvidado el martirio de sus ascendientes, han olvidado el dolor de la emigración; “impresentables hay en todos lados”, que dicen. ¿A qué viene esto? que han aparecido pintadas sobre la parte de la fachada del edificio de Extranjería de A Coruña, por la que acceden los ciudadanos. ¿Qué tiene que ver esto con la emigración gallega durante el siglo XX?, todo. ¿O es que el color de la piel del migrante lo hace peor o mejor?, ¿resulta que el enemigo es de raza, a estas alturas de la película?

Los trazos de color rojo y amarillo a modo de “reafirmación patriótica sobre la amenaza extranjera” son evidentes, no existiendo estos por la otra entrada, la de los funcionarios del Ministerio, que acceden al edificio por la avenida de la Marina. Al intentar hablar con algún responsable del edificio para saber de qué forma están actuando para solucionar el tema, una funcionaria (implicada desde el inicio con mis demandas, a la que agradezco su predisposición), me explica que ellos (los trabajadores) no han visto las pintadas (siendo esto lo normal al entrar los ciudadanos por un lado y los trabajadores por otro). Acto seguido, dicha administrativa se pone en contacto telefónico con sus “superiores” para saber qué se sabe sobre esto y si se van a pedir responsabilidades; le explican que ya conocían el problema (las pintadas están desde hace varias semanas) y que ya tienen pensado mandar a alguien a limpiar. Me llama profundamente la atención la lentitud para limpiar la fachada por parte del propietario del edificio, el Ministerio de Hacienda. Muy poco tardó el Ayuntamiento de A Coruña en limpiar las pintadas antisistema/proetarras/bolivarianas sobre la iglesia de San Andrés tras la manifestación en apoyo a Gamonal en la ciudad herculina, menos mal, no fuera que algún cura se pasase al bando antisistema. El Ministerio de Administraciones Públicas, por su parte, se toma su tiempo para eliminar estas gamberradas, total, para cuatro negros y cinco sudacas…que aún encima nos vienen a robar trabajo, ¿no? Hay problemas más importantes. Y en estas seguimos. En el siglo XXI. A pesar de contar con una cámara de seguridad apuntando directamente a la Calle Real, no se investiga quién ha podido ser el responsable, es más, al preguntarlo, los funcionarios miraron hacia mí atónitos, como pensando: “Un ciudadano de Coruña se preocupa por la dignidad de los inmigrantes…cuánto tiempo libre”, no debe de ser algo muy común. Cuando salí del edificio, todavía asombrado, me detuve a observar los colores de la vergüenza xenófoba, pensé, imaginé esos barcos partiendo de los puertos de Vilagarcía, de Vigo, de Coruña, inundados de lágrimas, de sueños de libertad rotos, de incertidumbre; y , en un ejercicio de empatía entre dos pueblos migrantes, me embarqué en los cayucos que, con más de cien almas, llegan (los que llegan) a la costa española, con la promesa de escapar del infierno para entrar en un purgatorio que se les ha presentado como paraíso.

A veces me piden que me modere, hasta se me exige no mostrar simbología “que pueda ocasionar conflictos o llevar al desorden público” durante la coronación de un rey impuesto, pero por favor, que nadie me pida que me sienta identificado con la bandera rojigualda, no me digan: es tu bandera porque es tu país; porque situaciones como esta, en la que gente trata de representar preceptos morales cavernarios a través de estos colores, provoca que se me caiga el alma a los pies. Y no es algo puntual, estos preceptos (machismo, violencia racista, homofobia, etc.) son promulgados como dogmas por organizaciones que utilizan estos colores para identificarse. No es una coincidencia, no es un caso aislado, no es una simple cuestión de banderas. Nunca entenderé los prejuicios raciales porque, como dijo Séneca: mi patria, es el mundo entero.

 



Aire Puro

O aire puro da mañá procrama

o seu dereito a entrar en cada casa.

¡Ábrelle as portas, patria!

¡Dálle os teus seos, alma!

Deixa ise tufo acedo que te abafa, 

esquece istas mortallas

estiña as túas bágoas, 

fala, 

canta, 

arrumba a desespranza, 

non deixes que te aldraxen; aldraxa.

Onte non. Pensa nas albas

que han vir, ponlle cerco ás lembranzas

que te atan.

Deixa entrar a mañá crara

na túa casa.

Longa noite de pedra (1962)
Celso Emilio Ferreiro, galego emigrante acollido en 1966 en Venezuela.