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  En las últimas semanas he tenido la oportunidad de leer multitud de opiniones acerca del debate que enciende la actualidad española, y he llegado a la conclusión de que gran parte de este país ha olvidado, o le han hecho olvidar la historia.

Heráldica española

El debate, también en las aportaciones de la población en esta sección de los grandes diariosestá centrado en la dicotomía generada por argumentos en favor de república o monarquía. Lo cierto es, que hasta este día, solo leía, no analizaba mucho los argumentos, pero di tu que las personas tienen un límite, y mi alarma empezó a saltar cuando ya, de cada 30 cartas, 28 hacían referencia a los peligros de cambiar en este momento el sistema de la jefatura del Estado, el renunciar a una forma que nos ha dado estabilidad durante 39 años. Bien. He aquí algunos argumentos.

«Todo ello ha despertado en nosotros un impulso de renovación, de superación, de corregir errores y abrir camino a un futuro decididamente mejor.Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana
En la forja de ese futuro, una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, el mismo que correspondió en una coyuntura crucial de nuestra historia a la generación a la que yo pertenezco.»

     Algunos utilizaban transcripciones del último discurso del rey para apoyar sus textos. Discurso cargado, como siempre, de sofismas y ocultismo. “Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven”. Será en la Corona, porque en el mercado laboral estamos viviendo un auténtico éxodo: más de 300.000 jóvenes españoles han dejado el país desde el comienzo de la crisis de 2008. A este paso “joven” solo quedará Felipe y “con nuevas energías” Froilán. Pero no es nada nuevo. Gran parte de la población se ha dejado embaucar por el discurso insulso, bonachón y victimista de un hombre, que a pesar de pedir perdón continuamente, ha seguido manteniendo estrechas amistades con personalidades políticas relacionadas con monarquías absolutistas, como la de la familia bin Abdelaziz en Arabia Saudí, un país en el que la homosexualidad está castigada con la pena de muerte, donde los Derechos Humanos, en especial los de las mujeres, no existen; a pesar de ello no le han faltado galardones a Juan Carlos por su “defensa del humanismo y la tolerancia”. También es curiosa la amistad con el rey Mohammed VI, cuya relación más que diplomática facilitó operaciones de censura en Marruecos con respecto a las informaciones vinculantes de la Casa Real española sobre temas como el incidente de la cacería en Bostwana o la imputación de Iñaqui Urdangarín y la Infanta Cristina. Una amistad con un país que ha construido, con el apoyo israelí y saudí, un Muro de separación en el Sáhara Occidental, lleno de campos de minas; un territorio que, por cierto, quedó a merced de una guerra entre Marruecos, Mauritania y el Frente Polisario (liberación nacional de Sáhara Occidental) tras el abandono de la soberanía por parte de la España colonial. Una tierra colmada de familias de refugiados, a las que el ejército de Marruecos, tan amigo de la monarquía española, lleva años acosando, provocando que, en su desesperación, esta población tenga que huir en peligrosos cayucos hacia destinos inciertos, con el horizonte puesto en España, donde se les recibe a balazos de goma. Y mientras, la esposa de Juan Carlos, entiendo que a modo de burla (si no es incomprensible), es presidenta de Honor de la fundación Mujeres por África.

   Otro de los argumentos que más me ha llamado la atención es el de una persona que comentaba lo siguiente: «¿Cómo vamos a confiar en una forma de Estado que es una reminiscencia del Gobierno que masacró a la población huelguista de Asturias en los desastrosos y desde luego poco democráticos sucesos de febrero del 34?». Lo peor no es que esta persona tenga esta opinión, lo peor es que se le otorgue credibilidad a un argumento incompleto, engañoso y que falla a la historia porque, no olvidemos que, a pesar de estar bajo la forma de Estado de la II República, el Gobierno de 1934 estaba conformado por la coalición radical-cedista, liderada por detrás de Lerroux por la Confederación Española de Derechas Autónomas de Gil Robles, un hombre de estado fuerte durante la Dictadura de Miguel Primo de Rivera y que entregó los fondos de su partido al general golpista Emilio Mola durante el Golpe de Estado que el Frente Nacional dio el 18 de julio de 1936, dando lugar a la Guerra Civil Española. ¿Sabrá el señor que escribió estas lineas que, el mando encargado de reprimir a los comuneros de las huelgas mineras de Asturias de 1934 fue Francisco Franco, dirigido desde Madrid por el Gobierno de Lerroux y Gil Robles?

  En este caso, el problema no estuvo en la forma de Estado, sino en la dirección del Gobierno porque, no se nos debe olvidar, que en 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular, se le otorgó inmediatamente la amnistía a los encarcelados durante el gobierno radical-cedista tras los sucesos de febrero del 34. La derecha no soportó que un frente de izquierdas le derrotase en las urnas y, agotada la vía electoral, Gil Robles y su oligarquía trataron de dar un golpe de Estado que fracasó, pero que prosperó en julio, dando lugar a una sangrienta Guerra Civil. Así que, antes de hacer juicios de valor sobre la forma de Estado de un país, hay que conocer un poco la historia y, tener claro que, si no nos preguntan qué forma de Estado queremos, no es porque el Congreso ya represente las demandas populares a través de la representación electoral, no, es porque, en la actualidad, si que existe la reminiscencia de un período de silencio, representado, mal que les pese a algunos, por la jefatura de Estado monárquico de la Casa de Borbón. Algunos han querido que se nos olvide (con la ley de amnistía de 1976) que en este país se atacó la legalidad vigente a través de la violencia, y que los responsables de tantos cientos de miles de muertes y de tantas otras represiones durante 40 años, aun no han pagado.

José María GIl Robles durante la fundación de la CEDA

 Lo menos que podían hacer, era preguntar.