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Felipe se aburre en los consejos de administración de las eléctricas. Aun así seguirá un tiempo más asistiendo a una reunión trimestral a razón de 156.000 € al año.
Es insultante la deriva de estos hombres que dignificaron la pana en el Congreso de Suresnes para, desde la estética del exilio, arrogarse el protagonismo de la recuperación de los principios del Socialismo para, tras un prodigioso ejercicio de asimilación del Liberalismo a ultranza, dejar reducido el escenario de relaciones entre los agentes sociales a un monólogo en el que la voz la tienen los que abusan de posición dominante mientras el pueblo contempla como le son sustraídos mecanismos de defensa a diario.
Que los socialistas de la pana arribados con hambre atrasada desde el yugo franquista hayan interiorizado con tanta ortodoxia la práctica de las puertas giratorias, no es sino un síntoma de modernidad, de asimilación de la moda que los USA creen haber inventado, olvidando que se trata de una herencia romana. El éxito del tráfico de influencias dentro de la mal llamada izquierda, además de conseguir la uniformidad de las grandes propuestas, ataca, quizás por ello mismo, la esencia del Socialismo desde la médula. Los politólogos portavoces del Neoconservadurismo, los del sindicato del odio a lo divergente, a lo periférico, a lo distinto que no excluyente, se frotan las manos cuando escuchan a los filósofos y a los otros apóstoles de esa pretendida izquierda proclamar que sin rubor que ésta está muerta, como si fuera una cuestión que sólo los convirtiera en testigos y no en co-responsables. Unos y otros grandes teóricos, desde el ruido incesante con que la crónica de la mediocridad nos bombardea a diario obviando lo esencial, inspirados por la corriente de la partitocracia que viene marcando el paso, están interesados en defenestrar a otras opciones que nunca han tenido oportunidades de gobierno.
“La izquierda ha muerto” es el mantra reduccionista al uso, como si el reconocimiento de la propia incapacidad del bipartidismo para representar los intereses del pueblo pudiera poner a cero el contador de los abusos de la clase gobernante y bastara además para desechar, con prepotencia, otras opciones que siempre han sido tildadas de utópicas. Ese “la izquierda ha muerto” es esgrimido incluso como un digno ejercicio de examen de conciencia por los que se creen de vuelta de todo sin haber expuesto nada. Encierra, en la realidad, la intención reaccionaria de sepultar a la verdadera izquierda: esa que nunca ha logrado obtener el apoyo de una sociedad que basculó desde el miedo hasta la esperanza y desde la esperanza a la frustración sin llegar a encarnar jamás un verdadero ejercicio de responsabilidad y de restauración de los valores que nos fueron usurpados por quienes hoy se sienten en el fiel el de una balanza en la que cuatro familias y un puñado de aburridos pesan lo mismo que el conjunto de los ciudadanos.

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