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   No es complicado conseguir información sobre lo que está sucediendo en Ucrania durante estas últimas semanas. La ex república soviética se ha convertido en el centro de la agenda mediática internacional pero, ¿existía Ucrania antes de esta escalada de protestas?

El senador estadounidense John McCain arenga a los manifestantes de la plaza Maidan. A la derecha, junto a McCain, el líder ultranacionalista Oleg Tiagnibok.

El senador estadounidense John McCain arenga a los manifestantes de la plaza Maidan. A la derecha, junto a McCain, el líder ultranacionalista Oleg Tiagnibok.

Por desgracia (y algunas cosas más) los medios convencionales caen continuamente en un dualismo que resulta nefasto para el reporterismo y la contextualización de unos hechos que afectan a una zona en conflicto. Siempre que nos encontremos con cualquier brote de violencia entre fuerzas políticas en el mundo, el primer lugar al que tenemos que mirar no es el del foco, tenemos que ampliar nuestro campo de visión, en este caso hasta los Estados Unidos de Amércia y hasta los días de la Revolución Naranja.

Ucrania ha estado dividida históricamente entre el oeste, con una población favorable a la Unión Europea, y el este, cuya población es favorable al acercamiento con Rusia. A esos dos grupos se agrega una pequeña minoría musulmana en Crimea. Después de la independencia, el Estado ucraniano fue debilitándose y aprovechando la confusión, Estados Unidos organizó en 2004 la llamada «Revolución Naranja», liderada por Víctor Yúschenko, “Nuestra Ucrania”, el Partido Socialista y el Bloque de Yulia Timoshenko (BYT). Cuando Moscú respondió anulando sus subvenciones al precio de gas, los occidentales dieron la espalda al gobierno naranja a la hora de pagar sus compras de gas a precio de mercado y poco después, el gobierno naranja perdió la elección presidencial de 2010 y Viktor Yanukovich, político corrupto y a veces “pro-ruso”volvió a hacerse con el poder.

Lejos de lo que pueda parecer un apoyo desinteresado para el progreso de Ucrania y su integración en el marco común europeo, lo cierto es que tras el apoyo estadounidense se oculta un gran interés oligárquico en que Rusia pierda paulatinamente el soporte de uno de sus aliados históricos. En esta ocasión, las protestas bautizadas en Europa y EEUU como Euromaidan no sólo representan la voluntad de un pueblo que quiere convertirse en europeo, y derribar al presidente Yanukovich (principal objetivo de EEUU), por desgracia muchos grupos antidemocráticos están convirtiendo una revuelta en el germen de una guerra civil para deleite del Tío Sam, que desea ver pronto en el gobierno a sus aliados y es que a pesar de que el movimiento parece ser un intento de reeditar la «revolución naranja», durante el 1 de enero de 2014 el control de la revuelta cambia de manos: El partido nazi Svoboda (Libertad) organiza una marcha con antorchas que reúne 15 000 personas, en memoria de Stepan Bandera (1909-1959), el líder nacionalista que luchó contra los soviéticos aliándose con los nazis. A partir de ese momento, las paredes de la capital ucraniana se cubren de consignas antisemitas y se registran ataques callejeros contra personas de origen judío. La prensa occidental respalda a la «oposición democrática» ucraniana y desde su más profunda hipocresía, denuncia la influencia rusa, cuando son altas personalidades de los países miembros de la alianza atlántica los que se han tomado la labor de presentarse personalmente ante los manifestantes, véase la secretaria de Estado adjunta y ex embajadora de Estados Unidos ante la OTAN, Victoria Nuland y el ya mencionado senador estadounidense John McCain, también presidente de la rama republicana de la NED.

Es muy importante tener en cuenta siempre los antecedentes y el contexto en el que se producen las revueltas sociales. ¿Por qué los manifestantes ucranianos son héroes y líderes de las protestas pro-democracia y la población española que defiende los derechos a través del movimiento #EfectoGamonal es una “banda antisistema”? Porque en un caso, los líderes políticos a través de los medios de comunicación de masas tienen el objetivo de destruír el sistema político del país para instaurar su “protectorado” particular, como se hizo con Afganistán, Irak e intentó con Siria y con los países de la Primavera Árabe; y en el otro (en España) el único interés que tiene EEUU es que Rajoy no deje gritar mucho a los “mataos” del 15M. Al final, por muy turbia que se nos presente la información, el origen y los intereses son siempre los mismos.