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En los últimos años hemos asistido al resurgir de los movimientos ciudadanos, aletargados durante largo tiempo debido a la comodidad de las mejoras sociales, los “placeres” del capitalismo y el avance tecnológico.

El barrio de Gamonal ha dicho Basta, Burgos ha dicho Basta

Proletariado, masa, plebe, burguesía…Muchos son los términos que clasifican a la población según su poder adquisitivo, su ideología, su clase social, su nivel académico, etcétera. Stéphane Hessel acuña en 2011 el término de “indignados” a un espectro de la población que en los últimos casi tres años ha crecido exponencialmente; pero ya no es correcto hablar de indignados, puesto que, en cierta medida, mucha es la población que está indignada por diversos motivos de índole política. Quiero hacer y hago hincapié en otro término, “precariado“.

En los años 2002 y 2003, con los desastres del Prestige y de la Guerra de Irak, entran en juego en España una serie de actores sociales y políticos organizados gracias, en parte, a la progresiva universalización de la educación desde la muerte de Franco; gente mejor organizada, más formada y lo que es más importante:  parte del grueso de la clase media-baja del país. El gobierno de Jose María Aznar se enfrenta entonces a un enemigo que no esperaba; el pueblo se une para exigir responsabilidades por una serie de decisiones ajenas al juego democrático.

A mediados de esa misma década España era un país “prospero” en el que se construían más viviendas que en el resto de Europa, un país en el que se animaba al estudiante desde las empresas constructoras a dejar de formarse para acceder desde temprana edad a contratos por obra sumamente apetitosos: “Para qué estudiar si puedo trabajar cobrando más que mis profesores”. Por entonces hasta Aznar se atrevía a dar lecciones de economía a Alemania y los misteriosos “mercados” no molestaban a nadie…hasta que lo hicieron. La burbuja explotó, a muchos cogió por sorpresa, a muchos otros cogió con la mano en la caja, pero el caso es que esa explosión da lugar a la creación, aparición o incluso resurgir de un nuevo grupo: “el precariado”.

    Hoy gran parte de la población española se encuentra dentro de este grupo; con el umbral de la pobreza situado en el 21% y la tasa de desempleo en el 26, el precariado tiene miedo: está al borde del precipicio y sabe que un paso en falso supone el fin, y más cuando hoy los sindicatos que antaño fueron grupos que organizaban de forma férrea al proletariado marxista, son instituciones que dependen de las subvenciones del mismo Gobierno contra el que dicen protestar. Los líderes políticos saben esto y actúan con impunidad, haciéndonos cargar con la pesada cruz de la austeridad. Desde el poder se nos recuerda día tras día que el sacrificio tiene que ser de todos (¿porque la culpa ha sido de todos?). Según Rajoy: “Los españoles quieren que, por amargo que resulte, cortemos el grifo de todo el gasto que no sea imprescindible, que hagamos estas reformas”; es curioso que el Presidente tenga tan claro lo que “quieren los españoles” cuando los españoles no lo ven ni en pintura. A lo mejor ha sido por un sueño, o se le ha aparecido el mismísimo Dios como a Bush cuando decidió emprender su lucha maniquea contra el “Mal”, puede ser que hasta se le hayan aparecido todos los españoles en un plasma, no sería extraño, pues él es un experto en el “establecimiento de una particular relación cerca-lejos entre el ciudadano (telespectador) y el político (telemisor) en la que el principal vehículo de comunicación es la imagen“, en cristiano: lo que Sartori llamó en 2003 videopolítica se ha tomado al pie de la letra, ya que no hay forma de verle el pelo en una rueda de prensa “seria”.

Sea como fuere y al tiempo que se nos exige sacrificio y se nos habla continuamente de la importancia de mantener el “orden democrático”, un solo ayuntamiento, el de Burgos, se pasa estos dogmas por el arco del triunfo y decide emplear 8 millones de euros en la transformación de una céntrica calle. Ante la oposición del barrio del Gamonal (al que afecta la obra) y de toda la oposición política, opta por utilizar su mayoría absoluta para tumbar la propuesta de paralización de la obra: el paradigma de la democracia. El barrio decide de forma legítima tomar cartas en el asunto y ejercer su derecho democrático a la ciudadanía, que es algo más que votar cada cuatro años (mal que le pese al gobierno). Aquí entra en juego otro actor político clave, los medios de comunicación, que en lugar de establecerse como un contrapoder que vele por los intereses del precariado y garantice el cumplimiento de los valores democráticos, se arrima al poder para desacreditar cualquier acto llevado a cabo por el barrio burgalés y para apaciguar a ese mismo precariado.

Silencio mediático, descrédito y miedo son las armas más poderosas que, tanto poder político como medios de comunicación de masas utilizan para mantenerse en el trono de su torre de cristal; ejemplo de ello es la Ley de Seguridad Ciudadana (más conocida como Ley Mordaza), una “medida disuasoria” que prentende “hacer reos” y pervertir el Artículo 104 de la Constitución:

-Art. 104: Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, bajo la dependencia del Gobierno, tienen como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana.

    El propio Ministerio del Interior declaró cuando impulsó esta Ley: «el derecho de manifestación se ha ejercido ampliamente en los dos primeros años de esta Legislatura, por lo que nos encontramos en el momento adecuado para impulsar una Ley que permitirá que queden mejor afianzados los derechos y libertades públicos, garantizando mejor la seguridad ciudadana e impidiendo la aparición de conductas ilegales, violentas y vandálicas». Esta eufemística declaración no quiere decir otra cosa que “ya habéis hecho ruido, ahora o calláis o pagáis”.

  El poder político hace un uso interesado de la semántica para responder a sus propios intereses y, poco a poco, ha convertido este país en un paraíso en el que una minoría vive de forma opulenta, ajena a los problemas sociales y sin tener en cuenta al grueso de la población. Por todo esto es importante y necesario para todos salir a la calle y apoyar la causa de Gamonal, porque no sólo se trata de la obra pública que allí se está llevando a cabo, es la suma, la gota que ha colmado un vaso que lleva demasiado tiempo lleno.