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   Ver a Galicia al rebufo de la crisis del Sistema que ha elevado en España los niveles de paro a cifras obscenas es la demostración más palmaria de que una mala Administración y una gestión errónea de los recursos puede llevar a la ruina a poblaciones instaladas en territorios ricos.

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   Galicia unía el capital humano y los recursos naturales para venir experimentando en las últimas décadas un incremento importante de su producto interior bruto, hasta incluso ocupar, a pesar de su clase política, una posición de privilegio en Europa con relación a diversos sectores productivos: explotación maderera, pesca, conservas, sector lácteo, generación de energía eólica, producción de carne de vacuno, marisqueo de a pie y a flote… además de incrementar exponencialmente la penetración de vinos de calidad, castañas, caracoles, miel y otros productos agropecuarios de altísima calidad.

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   La producción de pasta de papel y de aluminio o la generación de energía eléctrica mediante la combustión del carbón son otras industrias con grandes aportes de dividendos para empresas con sedes y centros administrativos radicados fuera de Galicia y que supone así un retorno muy escaso de la riqueza hacia la Comunidad a pesar de ocasionar un coste medioambiental brutal. Los fantasmas de un maltrato milenario del Gobierno central a los intereses de Galicia se han sustanciado con el episodio esperpéntico vivido en torno a las Centrales térmicas de As Pontes y Meirama, a las que se les obligó a realizar inversiones multimillonarias para adaptarse a la quema de carbón menos contaminante, importado de Polonia, para a la postre condenarlas al cierre o a la conversión en plantas de ciclo combinado al privilegiar el Parlamento la utilización de carbón de las cuencas mineras españolas.

Las_rías.Lodazales_tóxicos

   Enumerada una parte importante de los nichos en los que Galicia ofrece un banco de empleos diferenciados dentro del Estado, ¿cuáles son los factores que nos han llevado a disparar el número de desempleados desde una mediana de 165.000 hasta los 270.000?. En primer lugar se han perdido durante los últimos 30 años y de manera constante hasta 25.000 puestos de trabajo en las explotaciones marisqueras de las Rías. Los ayuntamientos ribereños se gastaron el dinero que Bruselas había enviado para la instalación de depuradoras de las aguas fecales en la construcción de paseos marítimos hasta el punto de que Vigo, Coruña, Ferrol o Pontevedra competían en adoquinar todo el borde litoral mientras han seguido vertiendo sin tratar las deposiciones de una presión demográfica creciente, provocando que fangos altamente tóxicos redujeran la extensión cultivable en las rías hasta en un noventa por ciento.

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  En Pontevedra y en A Coruña a esa presencia de colibacilos en las aguas hay que sumar la de metales pesados sangrados durante décadas por empresas objeto de controles muy laxos. Los mismos grandes hospitales públicos han vertido sistemáticamente a la ría restos de medicinas y de pruebas diagnósticas.

En el sector lácteo, se han perdido veinte mil explotaciones, con un impacto directo e indirecto que ha llevado a treinta y cinco mil familias al éxodo y a la desvertebración del espacio rural. La clase política poco o nada ha hecho para detener este engullimiento del sector productivo de base por parte de los intereses de multinacionales. Antes bien el gobierno de Fraga llevó al paroxismo la colonización foránea del sector al subvencionar Puleva con cifras millonarias por absorber el tejido productivo autóctono. Ninguna traba impidió que la empresa andaluza revendiera la producción gallega a la industria francesa, que a la postre ha ido provocando con su política de abuso de posición dominante sobre los ganaderos el cierre de miles de exportaciones gallegas hasta encontrar una vía franca para la penetración de España de los excelentes galos.

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   Más de tres mil empleos se han perdido por la deslocalización de los centros administrativos correspondientes a las grandes empresas generadoras de energía. La industria cultural, que arrancó con fuerza a partir de la segunda mitad de los ochenta, registra un desmoronamiento continuo desde que la Administración ha retirado un apoyo institucional todavía imprescindible al teatro, el cine y la edición. Los recursos detraídos se han destinado a la construcción de un continente mastodóntico, A cidade da Cultura, sin demanda de utilización. Su biblioteca con capacidad para un millón de volúmenes está desiertas mientras los pequeños centros lectores en el seno de los barrios y los pueblos no reciben una sola dotación desde hace años.

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Cidade da Cultura de Galicia, Santiago de Compostela

   Otros dos mil empleos han dejado de crearse en los sectores de la acuicultura y de la energía eólica por las trabas que la Administración ha puesto para la implantación de granjas marinas y parques de molinos con un impacto ambiental despreciable, sobre todo teniendo en cuentas que a cambio se dejaría de sobrepescar y de emitir quince millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, además de reducir la factura energética y la dependencia externa.

La industria naval, que daba de comer a doce mil familias en Galicia, ha quedado reducida a una pequeña línea de trabajo en Vigo, dentro de estándares de gran calidad. Esta debacle se debe, por un lado, a las inercias que arrastraba un sector alimentado por la adjudicación de trabajo desde el propio Estado y, finalmente, por la negligencia de éste a la hora de negociar en Bruselas condiciones de igualdad fiscal e impositiva con relación a los astilleros holandeses, alemanes y polacos.

Esa misma inoperancia de la clase dirigente en el Parlamento europeo ha provocado el endurecimiento de las condiciones para la flota gallega en el Gran Sol, Terranova, el Índico y el Cantábrico, donde sin embargo se le concede un rato favorecedor y desigual a la flota francesa. La flota gallega, hasta hace poco la quinta más potente del mundo por volumen de capturas, ha sufrido como ninguna otra una reducción drástica por su carencia de valedores en los cenáculos políticos.

La sangría incesante de puestos de trabajo abona el camino a las grandes compañías mineras de capital foráneo, que a cambio de la creación de un puñado de puestos y con el foco puesto en la obtención de 40 toneladas de oro (la capacidad de un camión de obra) y unos cientos más de coltan, dejarán un rastro de contaminación por metales pesados en miles de hectareas que ya nunca más serán productivas.

La Unión Europea, mientras tanto, continúa obviando la naturaleza intrínseca de buena parte de la sociedad gallega y pretende estimular también la eliminación gradual de las exportaciones cárnicas y poner freno al crecimiento exponencial de la producción de vino. Es en este punto donde el espíritu emprendedor de los gallegos ha apostado por una oferta singular de calidad, con la recuperación de especies autóctonas y la conquista de denominaciones de origen que den valor añadido y sostenibilidad a unos sectores frágiles por su atomización y por la falta de apoyo promocional. Quizás en este punto radique el principio del fin de la destrucción de puestos de trabajo: en la puesta en valor de las rías, el patrimonio paisajístico, histórico, artístico, etnográfico, la gastronomía, la producción excelente y artesanal, el capital humano emprendedor e innovador, la sabiduría transmitido de generación en generación acerca de cómo hacer las cosas, la vuelta a considerar la complementariedad de una economía para la autosubsistencia, la instalación de modos de ser y de hacer que justiprecien la excelencia y destierren la prisa, la visión a medio y largo plazo de una tierra y de un mar de recursos generosos que hay que regenerar y administrar para que sean motor de recuperación de esos miles de puestos de trabajo que se han perdido porque primó la cuenta de resultados de empresas multinacionales que han dado trabajo a 10.000 gallegos y se lo han quitado a más de 100.000 y que reparten dividendos a un puñado de grandes fortunas que no tributan mi tributarán en esta tierra hoy en vías de la esquilmación total si no lo remedia la movilización colectiva.

Romería_vikinga. Catoira

© fotos: Santi Casal