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  Nuestra actual situación (al margen de toda serie de malas decisiones políticas y de una crisis estructural del sistema global) tiene una sencilla explicación, que se ve reflejada en el ámbito que más se lleva a debate durante estos días, la educación.

La Universidad pública está siendo quemada

La Universidad pública está siendo quemada

   Hasta no hace mucho el sistema educativo español era, cuanto menos, de los buenos dentro del marco europeo, pero los recortes, en consonancia con una mentalidad sumamente individualista como la que este sistema se afana en moldear dentro de nuestros círculos sociales, han derivado en un sistema educativo totalmente putrefacto, en el que se torna difícil respirar para los que lo vivimos desde dentro, en un ambiente totalmente viciado en el que se premia la competencia insana sobre la sinergia social. Se hace difícil creer en un sistema que te excluye por unas décimas, en el que pierdes miles de euros de ayuda para vivir por el simple hecho de no superar una sola asignatura de tu expediente universitario; un sistema en el que la igualdad de oportunidades se comprende como el arrojar un trozo de carne en medio de una horda de animales hambrientos. No, la igualdad de oportunidades no se basa en juzgar la validez de una persona en función de una calificación sujeta en muchas ocasiones a subjetivizaciones arbitrarias, no se basa en adjudicar un puesto de trabajo a una entre veinte personas teniendo en cuenta esa calificación media, y dejando al margen el poder adquisitivo, las posibilidades económicas o la misma situación laboral de los solicitantes. La Universidad lo está haciendo mal, y los beneficiados no somos los estudiantes que trabajamos. Una minoría se beneficia de un servicio que pertenece a todos.

   Me niego a seguir colaborando en este sistema despótico, alienante, competitivo hasta las entrañas, meritócrata y oportunista. Como muchos otros jóvenes, tendré que bajarme de este tren fuera de vía y tratar de integrarme en un sistema en el que se valore de verdad el capital humano. Reniego de España, y no me veo capaz ya de contribuir a su transformación, tendré que marcharme, esta coyuntura me produce náuseas.