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 “El proceso político venezolano, que muchas de sus gentes llaman revolución, ha enfrentado muchas tareas a la vez: conquistar soberanía nacional, transformar el Estado oligárquico heredado y construir una máquina de inclusión y producción de nuevo orden, de nuevas políticas públicas para las mayorías sociales, redistribuir de inmediato la riqueza y derrotar a la miseria”

 

Hugo Chávez comparte la contraportada de Granma con Fidel

    Y ahora ¿qué va a pasar en Venezuela? Por desgracia para los apologistas del caos, el camino lo marcan la Constitución y la voluntad popular. Es preciso recordarlo: no hay transiciones en sistemas democráticos. Se celebrarán elecciones en el corto plazo y el poder político volverá a responder a las preferencias democráticas libremente expresadas. Como ha sucedido en 14 años con 17 procesos electorales y la práctica democrática directa en instituciones locales y laborales. El problema es que su veredicto quizás no guste a los privilegiados.

Quedan por supuesto muchas tareas por acometer y errores por corregir en Venezuela. Sólo los procesos políticos imaginarios están exentos de problemas, límites, fealdades. A cambio, claro, no existen más que como deseos. Pero, como dice el presidente uruguayo José Mujica, los que aspiran a cambiar las cosas tienen que ser capaces de mejorar la vida de las gentes sencillas mientras lo intentan cambiar todo. Lo otro son revoluciones de café.

  El proceso político venezolano, que muchas de sus gentes llaman revolución, ha enfrentado muchas tareas a la vez: conquistar soberanía nacional, transformar el Estado oligárquico heredado y construir una máquina de inclusión y producción de nuevo orden, de nuevas políticas públicas para las mayorías sociales, redistribuir de inmediato la riqueza y derrotar a la miseria, romper con la dependencia primario-exportadora y ensanchar la base de su economía, cambiar la cultura popular consumista e individualista y generar un imaginario nuevo que acompañe las transformaciones sociales, etc. Todo ello en un contexto de rendición de cuentas democrática más intensa y con más frecuencia que en ningún país europeo, con disputas no siempre pacíficas del poder político y duras resistencias de las oligarquías en retirada. Por eso son procesos agujereados, incompletos, insuficientes. Pero vivos, en manos de sus pueblos. Expandiendo justicia social, desmercantilizando necesidades, produciendo un país nuevo, de gentes más iguales y por ello más libres.

Por eso lee se equivocan quienes le confían a la muerte las esperanzas de ganar lo que nunca pudieron con la seducción de mayorías. Duele mucho su falta, más después de haberle escuchado, admirado, escrito y tocado. Pero se muere habiéndose sembrado: Chávez ha cambiado ya Venezuela y América Latina, en primer lugar el imaginario de sus pueblos. Cuando en las calles de Caracas centenares de miles gritan “Yo soy Chávez” o “Chávez es un pueblo” no están haciendo retórica, están celebrando que ese nombre propio ya es común, designa a un bloque popular que hoy conduce el Estado y abre un nuevo tiempo político más justo y democrático.

 Íñigo Errejón: Doctor e investigador en ciencia política por la Universidad Complutense de Madrid