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[…] La malversación estaba alcanzando en el país cotas tan altas que en tres años la credibilidad del Sistema había bajado ostensiblemente, y junto con Italia y dos repúblicas del Este pasamos a compartir el furgón de cola con un puñado de países latinoamericanos, dos asiáticos y la mayor parte de los africanos, todos ellos considerados tradicionalmente viveros para la acumulación ilícita de la riqueza en pocas manos.
La prevaricación, el tráfico de influencias, el cohecho y el cobro de comisiones ilegales a través de sociedades interpuestas eran menos palpables y escandalosos que el tráfico de armas, la trata de blancas, el narcotráfico o las prácticas mafiosas, pero su capacidad recaudatoria para un beneficio muy concentrado no era menos espectacular. Nuestra vocación de denuncia se trasladaba del asunto del terrorismo de Estado, desde el que cabía encuadrar la invasión de Iraq y las intervenciones en Afganistán quitando y poniendo jefes de Estado amigos, a otro tipo de prácticas de perfil más bajo pero con resultados demoledores sobre la tesorería de la que dependía la preservación del estado de bienestar en el país. Airear todavía más los trapicheos de la clase política y alinearnos del lado de quienes luchaban porque los de la Gürtel, Fabra, Matas, Urdangarin… no se fueran de rositas era la mínima aportación esperable de nuestra revista. A mayores y apoyados en nuestro grado total de independencia, nuestros editoriales iban unos grados más allá, planteando un “repensar la sociedad” con el foco puesto en objetivos a medio plazo: independencia del poder judicial, abolición de la monarquía, corporativización de los sindicatos y su desafección del trato institucional, eliminación de cientos de Fundaciones inspiradas en la industria proveedora de puestos altamente remunerados pero sin contenido para militantes destacados sin sitio en el Gobierno…
La alarma social crecía día a día a medida que la asistencia social se veía desbordada y cientos de miles de hogares pasaban a vivir bajo el umbral de la pobreza. Entonces el ojo público reparaba en cosas que años antes, cuando todo era crecimiento sobre presupuestos especulativos, pasaban desapercibidas. La Administración del Estado y los gobiernos de las Comunidades Autónomas habían manejado el dinero sin el rigor preciso, pensando más en el efectismo a corto plazo que en la rentabilidad de la inversión y su reversión en forma de riqueza y puestos de trabajo sostenibles. Gobernantes tenidos por prohombres con dimensión de estadistas enterraban cientos de millones de euros en contenedores fabricados con materiales encargados a Brasil o Italia donde albergar una cultura a la que, paradójicamente, se dejaba de apoyar aduciendo falta de recursos; se construían estaciones de peaje para el tren de alta velocidad en medio de la nada, aeropuertos en ciudades que no lograban atraer el interés de las compañías aeronáuticas, la ciudad del circo, estadios para ser pasto de la maleza, estatuas, monumentos, pantallas luminosas gigantes… Se montaban circuitos de velocidad de quita y pon a treinta euros por silla y casi trescientos millones de coste en derechos. La clase política llenaba los bolsillos de los intermediarios, sus benefactores, que a su vez llenaban los de sobrinos de presidentes y los de ilusionistas del circo de la fórmula uno, mientras los estudiantes de primaria y secundaria tenían que llevar mantas a las aulas de sus colegios y barracones, en los Hospitales y Residencias geriátricas se dejaban de abonar sueldos y las ayudas a la Dependencia eran eliminadas.
La Justicia, entretanto, seguía poniendo el foco en detalles inconsistentes para no tratar lo que verdaderamente importaba: la sangría practicada a la caja común y sus efectos perversos sobre una sociedad que caminaba a zancadas hacia estándares de vida propios del siglo XIX.
Y mientras los políticos, magistrados y banqueros corruptos recibían como premio su reubicación en puestos de gran remuneración donde no molestaran o una jubilación dorada tras indemnizaciones millonarias aprobadas en Consejo, el Tribunal Supremo inhabilitaba al juez que perseguía el rastro del dinero sucio y el Estado reajustaba su déficit cerrando quirófanos, escuelas y centros de investigación. […]

(Fragmento de la novela: El último periodista. Alerta Chemtrails)

El último periodista