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Una imagen vale mucho más que mil palabras. Las palabras pocas veces hacen justicia a lo que las imágenes nos pueden transmitir.

Desde los primeros días, el ser humano se ha afanado en crear toda suerte de rituales para evadir sentimientos de culpa, tristeza o duelo. Los ritos funerarios son un ejemplo de la perenne conducta del “folclore humano”: un pastor del Señor dedica horas a expiar de pecado al ser fallecido, ya se trate de Mefistófeles o de Gandhi, a los ojos de la Iglesia es indiferente, es culpable (junto con sus allegados) de todos los pecados habidos y por haber y no es hasta el último momento, en el que Cristo misericordioso decide redimir su alma, que pasa a ser acogido en la morada del señor. Las personas que todavía conservan una herida abierta y un sentimiento de duelo por la pérdida tienen que escuchar impasibles como un cura les culpa por el simple hecho de ser seres humanos, ya que el hombre es la imagen “corpórea, corrupta y pecaminosa de Jesucristo”. La misa fúnebre se convierte en una apología del mal y del eterno pecado.

Lo cierto es que el ritual tiene puntos realmente solemnes. La marcha por camposanto bajo la lluvia, abrigada por una débil luz crepuscular que apenas llega a iluminar la bruma que acecha entre los mortecinos árboles; y luego el recorrido por los nichos; los más recientes colmados de ofrendas florales que no obstante languidecen según nos vamos remontando hacia sepulcros de épocas anteriores.

Es inevitable clavar los ojos en esas flores marchitas por el paso de los años que representan una añoranza caduca de lo que fue un rito, olvidado por el devenir de los tiempos. Ningún rito y ninguna ofrenda hacen justicia a nuestros seres queridos. Sólo la imagen que permanece viva en nosotros puede hacer sombra al recuerdo imperecedero de nuestros fallecidos, que, al contrario que las flores depositadas en los túmulos, jamás se marchitará.