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Hace ocho años George Walker Bush Junior era reelegido presidente de los Estados Unidos gracias a la inestimable ayuda de su mayor consejero, el señor Karl Rove, que como en una gran jugada de estrategia logró movilizar a su “ejército evangelista” en el estado de Ohio para entregarle en bandeja de plata al señor Bush su segunda legislatura en la Casa Blanca en detrimento del demócrata John Kerry.

Hoy se da un hecho similar. Un presidente cuestionado (más por el contexto que por su proceder político) es reelegido en un ambiente de máxima tensión socioeconómica. En 2008 Obama significaba el cambio, el “yes, we can” era el adalid de una campaña arrolladora que prometía una metamorfosis política apoyada por un Nobel de la Paz (2009) apriorístico que supuso la glorificación de un Mito. Obama era ese Mito sobredimensionado por una racionalización post hoc de la población que confió en él en las urnas: “primer presidente afroamericano, demócrata, con un discurso esperanzador y un Nobel de la Paz por su visión de un mundo sin armas; América está salvada”. Nada más lejos de la realidad.

Entre las promesas electorales del presidente se encontraban: el cierre definitivo del campo de concentración de presos políticos de Guantánamo (al que no le guste esta denominación que se documente sobre él), el fin de las guerras comenzadas por su predecesor en Oriente Medio y poco menos que la paz mundial y el fin del hambre en el mundo. Pero cualquier norteamericano con dos dedos de frente sabe que en un país con unas elecciones mercantilizadas, convertidas en un “mercadillo de imágenes de marca” patrocinado por los lobbys económicos más poderosos del mundo, estas promesas son utópicas. En el caso de Obama, muchos de los fondos privados que subvencionaron su campaña de 2008 provenían de grandes fortunas como la de George Soros (aquel especulador tan relacionado con la quiebra del Banco de Inglaterra en 1992) o Peter Lewis, además y tras la aprobación en 2010 de la Ley que permite las financiaciones privadas (Super PAC) sin límites de las campañas presidenciales, los mandatos quedan definitivamente embargados por los grandes capitales del planeta.

Estoy convencido de que al mundo no le vendría mejor un (otro) presidente de los Estados Unidos republicano, una nueva eclosión de imperialismo y superpatriotismo rancio, pero Obama no puede conseguir imposibles, en Estados Unidos existen demasiados intereses ajenos (por desgracia) a las competencias del Jefe del Estado. Los servicios de inteligencia, las cúpulas de las multinacionales aliadas con Israel, el Tea Party y la ultraderecha…Ninguno de ellos permitiría un cambio brusco en la política mundial y, a través del control de los medios de comunicación de masas, se aseguran de que el rebaño esté bien guardado.

Prefiero a Obama, pero no confío en Estados Unidos. Mientras sigan muriendo inocentes en Palestina y Afganistán; mientras el Tío Sam siga apretando el yugo que ahorca desde hace más de medio siglo a la población cubana; mientras el águila de Washington no saque sus garras de los recursos latinoamericanos; mientras se hostigue a Irán y se criminalice a un presidente que aboga por la erradicación total de las armas nucleares (nada de no-proliferaciones que aseguren la supremacía armamentística de USA); mientras Obama no sea el “verdadero presidente”, no confiaré en Estados Unidos.