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(3ª e derradeiro pequeno extracto do capítulo “La economía y la sociedad”, de Valentín Paz Andrade, integrado no libro Los gallegos,

 

… Había llegado para la isla de Cuba la abolición de la esclavitud. Era necesario sustituir la mano de obra negra. Corría el año 1853, depués de otros de peste y hambre en Galicia. Un gobierno de los amenes isabelinos, acuciado por un traficante del trabajo ajeno, se avino a reclutar 2.000 hombres en las provincias de Galicia para sustituir a los africanos en cañaverales y trapiches. La operación se llevó a término mediante contratos de trabajo en condiciones de inferioridad económica con relación a las que rigieran para los negros. Y sin duda ocultando que se trataba de reemplazarlos. Los desembarcos se efectuaron en La Habana y Santiago de Cuba. Allí ya fue imposible enmascarar el objetivo esclavizante de la maniobra. Al conocerlo, los gallegos se rebelaron, como en tiempos de los irmandiños. Rompieron los ominosos contratos y se echaron a las calles en busca de empleo digno. Prefirieron morir de inanición a soportar la cadena.

 

Su holocausto colectivo por la libertad del hombre fue silenciado, aunque no por la pluma de Labra. No ha merecido aún unas letras de bronce. Pero con tan edificante motivo, en un número del Diario de Sesiones del Congreso, del año 1855, los gallegos merecieron esta frase: “españoles desgraciados”.

 

[… el proceso de erosión de la imagen de Galicia como grupo humano pronto cundió a varios niveles. No fue sólo un brote pasajero de la maledicencia popular. Ha llegado, con sus efectos deformantes o subestimatorios, a esferas habitualmente extralúcidas. Me estoy refiriendo a la imagen socio-política preferentemente…]

 

[… la libertad comercial para la relación con los pueblos descubiertos, fue abolida ya por los Reyes Católicos… A todo se sobrepuso el monopolio real, otorgado a la Casa de Contratación de Sevilla y mantenido durante siglos, especialmente para el tráfico más lucrativo, el del retorno de los galeones de oro.

 

De una orientación económica tan errónea, Galicia fue la primera víctima. La víctima mayor. Sus valores de situación siguieron congelados durante siglos para los grandes movimientos de gentes y mercancías. Prácticamente hasta la mitad del siglo XIX no se inició el desbloqueo. Y si se produjo al final no fue merced a la promoción estatal.

 

Fue merced a factores muy distintos. Fue porque la gente huía del país hacia otros. No atraída por el ensueño del lingote. Atraída solamente por la promesa del pan. Del pan de cada día. Galicia, ya desangrada por la emigración interior, se convirtió en mercado filo-americano de mano de obra primaria. Completando con la sangría irrestañable de la emigración el cuadro de su depresión socio-económica. La fachada atlántica se mantuvo cerrada cuando debiera abrirse de par en par. Sólo se entreabrió para el éxodo y su drama… Tal vez uno de los efectos más nocivos sea el de haber impedido la formación, en nuestros puertos, de una pujante burguesía talasocrática. Dotar al país de una clase, económicamente aguerrida y bien dotada financieramente, para el desarrollo de negocios y la acumulación de capital, proclive a la reiversión in situ, era la conquista fundamental a realizar en la época… Galicia quedó durante siglos reenganchada a la trasera de la sociedad tradicional, “a ritmo lento”… montada sobre una estructura dominantemente agraria, pero donde la tierra no pertenecía a quienes la trabajaban. el dominio directo sobre la misma era retenido por otras clases.

 

“La Iglesia formó a Galicia, sus ciudades y, sobre todo, sus campos nutricios, obedientes a las campanas canónicas”. (Otero Pedrayo).

 

“La nobleza secular gallega, arruinada y relegada políticamente desde el siglo XVI, no contó en el siglo XVII con lo necesario para formar una clase fuerte y dominante. Sólo los cabildos, y en especial los monasterios constituían una minoría rica y pujante, con capacidad constructiva, lo que explica la escasez en este siglo de arquitectura civil secular y, por el contrario, la abundancia y esplendor de la arquitectura monacal y eclesiástica, esta última sin comparación posible con el resto de la empeñada España de entonces” Antonio Bonet Correa.