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    Hoy la selección española de fútbol tiene una cita con la historia. Tras más de un cuarto de siglo de maldiciones de cuartos, “gol a Arconada”, “pícala Salinas” y otras “meigas” hoy el conjunto de Vicente del Bosque puede entrar en la Leyenda del fútbol mundial si consigue alzarse con su tercer gran título internacional consecutivo.

  ¿En qué contexto se produce esto? En el mejor posible para el Estado, el peor posible para los humildes amantes del deporte. En los últimos días otro partido importante se juega en la Cumbre de Bruselas, donde se decide el futuro de una España en estado de alarma (no social porque la Eurocopa actúa como opiáceo) económica. Eso fuera, pero también se reciben patadas en casa. No llega con la subida de la luz y del gas (y del IVA, del gasoil, de la vida en general), también nos encasquetan en estos días de júbilo una subida del butano, no hay dos sin tres. Rajoy y Merkel nos piden que nos trituremos las entrañas apretando un cinturón al que ya no le quedan hebillas mientras ex-directores de cajas y de bancos se desabrochan el último botón de sus holgados pantalones, llenos, no sólo de pensiones multimillonarias blindadas por la nueva ley de amnistía fiscal, también del dinero del rescate (que no es un rescate, son unos hilillos de plastilina) que se le realiza a sus entidades por el bien de todos, mire usted.

   Lo que más me turba es que, al ser deportista, yo veré la final de la Eurocopa y si gana España me alegraré. ¿Por qué? Porque es un grupo humano increíble, ajeno a la marabunta mediática española que lo único que consigue con su fanatismo es depauperar el trabajo y la humildad de estos chicos, bases de sus éxitos. Celebro el estar en la final, pero de la misma forma seguiré denunciando las tropelías que nos están llevando al borde del abismo. Disfrutaré del deporte (ignorando las mediocridades periodísticas) y seguiré disfrutando de la satisfacción de no conformarme con el “establishment”.