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La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la revolución. Estas palabras de José Martí definen perfectamente el ambiente que se ha respirado durante el primer aniversario de uno de los acontecimientos que más enaltecen al pueblo español como comunidad humana. Por una vez en la historia no nos asocian fuera de nuestras fronteras como el país del jamón serrano, la paella, los toros, las alpargatas y el flamenco; sino por el país del espíritu de lucha ciudadana, la solidaridad con el prójimo y la reivindicación pacífica.

Durante el último año dirigentes de PP y PSOE han utilizado de forma partidista las manifestaciones del 15M. Resulta que en mayo del año pasado el pueblo salía de forma ineludible a la calle para protestar contra la política de Zapatero (decían los populares) y este año son los socialistas los que salen para tratar de desprestigiar (todavía más) la imagen que se tiene del nuevo gobierno (dicen ahora). Pues no señores, no sean ustedes tan ególatras, no utilicen nuestras protestas para seguir tirándose los trastos como tertulianos de media tarde, no se grita en contra del PP como militantes del PSOE, ni contra el PSOE como militantes del PP, se grita como colectivo social en contra del sistema socioeconómico establecido que empieza a caer por su propio peso. La democracia en la que los tres poderes son dependientes entre sí en la práctica (que no en la teoría), en la que la corrupción es el pan de cada día, en la que siempre pagan justos los excesos de pecadores y en la que el dinero tiene más valor que las personas no es una democracia real. Son nuestros supuestos representantes los que truncan el progreso por culpa de intereses cortoplacistas. Es totalmente cierto aquello de que la democracia (tal y como la vivimos hoy) es ese sistema en el que un 51% de la población “manda al diablo” al otro 49% y lo peor es que los más tradicionalistas utilizan esto como una reafirmación de la superioridad de este sistema electoral frente a otros más asamblearios. Ya ha quedado claro que al movimiento 15M pertenecen personas de todas las edades, razas, nacionalidades, ideologías y creencias, personas que en su inmensa mayoría no tienen afiliación política, por mucho que se diga lo contrario.

Algo que también es muy positivo es que gracias en parte a movimientos tan masificados como éste, ha nacido una revolucionaria forma de hacer periodismo comunitario: además de ser utilizadas por medios públicos y privados, las redes sociales están siendo aprovechadas por una gran parte del tercer sector mediático para crear una alternativa a los mass media y ofrecer a la población otras opciones de información lejanas a la parcialidad y a los grandes intereses económicos. Desde hace un año, el proceso de “desinformación” se está desacelerando gracias a la proliferación del uso de estas redes.

Seguirá habiendo gente con coba mediática que siga refiriéndose  al 15M como a un colectivo compuesto por “terroristas de Al Qaeda, piojosos, bolcheviques, rojos y haraganes entre otros” y refugiándose en la idea de que las 40.000 personas que copan una plaza y corean las mismas arengas de protesta son una minoría, una minoría que aunque inspire una solidaridad reivindicativa sin precedentes en la historia alrededor de todo el globo sigue sin representar a la sociedad que ha decidido en las urnas. Por lo menos los que reconocemos el oscurantismo en estas palabras tratamos de transmitir la verdad de la mejor forma posible y tenemos la conciencia tranquila porque sabemos que, aunque aún no esté cambiando el mundo, estamos empezado a cambiar nosotros mismos.

 

 

 

“Disculpe las molestias, estamos intentando luchar por sus derechos” (Pancarta del 15M)