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Desde el principio de los tiempos se ha preconizado la idea de no tirar piedras contra el propio tejado, pero cuando tu casa se viene abajo, es mejor acelerar el proceso para reconstruirla cuanto antes, me explico. El periodismo vive una etapa muy confusa, no vale la pena ponerse aquí a justificar esta evidencia, simplemente quiero decir que nos encontramos en un contexto de continuo cambio en el que los periodistas tienen el don de poder desorientar a mucha gente.

 

  Lo cierto es que el sistema ha conseguido algo muy importante con respecto a los que somos aspirantes a periodistas. Se ha encargado de cuadricular el pensamiento de los estudiantes hasta la etapa universitaria, consiguiendo que el 90% pierda todo su potencial creativo en favor del (des)conocimiento de áreas que no favorecen en nada la diversificación de opiniones. Hoy en día cualquiera puede tener su espacio para comentar y opinar acerca de casi cualquier tema. No se si por deformación profesional o por “fallo” del sistema educativo pero precisamente muchos de los que gozamos de una matrícula en la carrera de periodismo utilizamos esto como pretexto para creer y hacer creer al resto que nuestras palabras son el “abc” cuando realmente no dicen nada. Sí, lo reconozco, yo también he buscado alguna vez el sinónimo de una palabra que sonase “más culta” para darle diafanidad a mis textos, pero una cosa es eso y otra muy diferente cimentar un texto periodístico en una retórica carente de significado. Un periodista no es aquel que escribe más bonito (como diría un argentino), es aquel que con menos palabras dice más, aquel que utiliza todos los instrumentos de documentación a su alcance para transmitir mensajes que colaboren a lustrar el empañado mundo en el que nos ha tocado batallar. En este sentido he conocido a algún periodista increíble cuyas armas no son sino un gran compromiso y el afán por mostrar la verdad y no un título universitario o un máster en periodismo multimedia.

 

   Para recrearse con las palabras propias ya está la literatura. No se trata de  piedras contra el propio tejado, sino de chinas contra nuestras ventanas (las de los aprendices de periodistas) a modo de llamamiento a la humildad y al desarrollo de una labor útil y no preciosista. Demasiados derechos perdemos día a día como para permitirnos el lujo de malgastar las oportunidades que se nos brindan para tratar de iluminar a los que la oscuridad de un sistema alienante y monopolista no les permite ver con claridad.